Santiago de Chile. Revista Virtual. 
Año 3
Escáner Cultural. El mundo del Arte.
Número 25.
12 de Enero al
12 de Febrero de 2001.

LAS DOS CARAS DEL PSICÓPATA
AVERSIÓN Y MAGNETISMO

Desde Chile, Rubila Andrea Araya Ariztía

El tema de las anormalidades psicológicas ha estado presente en más de 450 obras cinematográficas, esquizofrénicos, maníaco depresivos, paranoicos, locos todos. Pero, sin duda, los más populares han sido desde siempre los psicópatas. Jamás descuidados de su persona, de apariencia intachable, gustos refinados, extremadamente inteligentes, en fin, casi perfectos, a no ser por extrañas costumbres, como purgar a la sociedad de sus vicios, matando a quienes los representan, autoinvestidos con la misión de salvar la humanidad; castigar a sus víctimas por traumas infantiles; descuartizar gente para coleccionar partes de su cuerpo o, simplemente, comérselas; o nada más que asesinar por el insustituible e incontrolable placer de hacerlo.

El cine nos ha mostrado una variada gama de psicóticos. Cómo olvidar la escena en que Anthony Perkins interpretando al perturbado Norman Bates, se acerca a la ducha de Marion Crane (Janet Leigh) cuando ella se baña, cuchillo en mano y disfrazado de su madre, para asesinarla salvajemente y dejarla tirada muerta, mientras sigue corriendo el agua ensangrentada, en "Psicosis" (Alfred Hitchcock, 1960); o la elaborada seguidilla de crímenes de un psicópata, genialmente interpretado por Kevin Spacey, en "Los siete pecados capitales" de 1995.

El año recién pasado dos mentes patológicas se asomaron a la pantalla grande para asecharnos, aunque no por primera vez, ya que ha principios de los noventa ya habíamos sido testigos de sus escalofriantes crímenes, en un caso, a través de la literatura, y en el otro, del cine. Patrick Bateman nos muestra sus macabros gustos en la versión cinematográfica de "American Psycho" y el doctor Hannival Lecter vuelve en "Hannival", la segunda parte de "El silencio de los inocentes".

LOS DELIRIOS DE UN YUPPIE

"Psicópata Americano" basada en la novela de 1991 del escritor Bret Easton Ellis, cuenta la historia de un yuppie cuya angustia existencial lo lleva a cometer los crímenes más sangrientos. Su dosis de sexo y violencia, provocó masivas manifestaciones en las calles de Nueva York en contra de la publicación del libro y no significó pocos problemas para su filmación, ya que su fuerte contenido fue considerado por muchos como irreproducible en imágenes.

Durante años, los derechos cinematográficos de la novela pasaron de mano en mano, siendo rechazada por lectores de guiones de varias productoras. Oliver Stone fue el primero en demostrar su interés, también se habló de Abel Ferrara, David Cronenberg y Stanley Kubrick.

Finalmente, la directora canadiense Marry Harron ("Yo maté a Andy Warhol") se adjudicó la tarea de llevarla al cine y para interpretar al desquiciado ejecutivo eligió a Christian Bale, el niño de "El imperio del sol" (Steven Spielberg), no sin que antes Leonardo Di Caprio tratara insistentemente de obtener el papel, para luego abandonar su idea, por perjudicar su imagen entre las adolescente y porque las encuestas en internet demandaban que Bale fuera el psicópata americano.

Patrick Bateman es un millonario de 27 años, que trabaja en Wall Street y tiene el mundo a sus pies, pero que padece de un síndrome inherente a la sociedad moderna, vacío existencial, el que llena sólo con el placer que experimenta al humillar, torturar, violar y asesinar, que para su desquiciada mente constituyen sensaciones imposibles de dejar de vivir.

Bateman, exitoso corredor de la bolsa, es un joven ejecutivo, que se confunde entre los que integran su superficial mundo de apariencias en que el dinero derrochado en la facha, restoranes caros, diversión y todo tipo de lujos, no puede hacer nada para terminar con esa irremediable angustia que inunda sus espíritus, sin siquiera encontrar la causa de ella y menos una solución que no sea sumergirse cada vez más en un mar de placeres insatisfactorios, que al final se convierten en un círculo vicioso.

Su descontento con la vida, nos despierta, olvidando la natural repulsión por sus actos, un sentimiento de compasión, tal vez porque lo comprendemos y hasta a ratos justificamos sus atroces crímenes, todo ayudado por la empatía que produce su cinismo y el toque irónico que le da Marry Harron a su película.

Claro está que, por muy perdido que se encuentre, Patrick Bateman, quien disfruta comprando sierras, cuchillos carniceros o ácidos para luego de ejecutar los más meticulosos y escalofriantes ritos mortales y guardar los restos de sus víctimas con el mismo cuidado, jamás contará con la aprobación de una mente normal. Pero, probablemente, aquí radique nuestra relación maniquea con el mundo del asesino, que pasa de la repugnancia a la fascinación, pues, aunque suene anormal, es posible que identifiquemos en él al psicópata que, tal vez sin darnos cuenta, llevemos dentro.

LA MENTE DE UN CANÍVAL

Otro personaje que nos lleva de la repulsión a la fascinación es el caníbal Hannival Lecter de "El silencio de los inocentes" (Jonathan Demme, 1991, ganadora de 5 Oscars), cuyos crímenes pasan a un segundo plano tras su intrincado juego mental, ya que este doctor refinado y culto, utiliza su adiestramiento profesional para descubrir los puntos débiles de la personalidad de quienes lo rodean, moviendo los hilos de sus vidas y conduciéndolas por el camino que él les ha planificado.

Ahora, también basada en un libro de Tomas Harris ("The silence of the lambs", 1988; "Hannival", 1999), sólo con el título de "Hannival" (Ridley Scott, 2000), el juego psicológico y la persecución de un hombre que experimenta un apetito incontrolable por la carne humana, continua, y ocurre reencuentro entre Lecter y Clarice Starling (ya no interpretada por Jodie Foster sino por Julian Moore), con quien aún mantiene un lazo íntimo que va más allá de la relación entre policía y asesino, forjado por el psicoanálisis que el desquiciado psiquiatra hace de su víctima, para penetrar en lo más profundo de su mente, haciéndola sentir tan o más vulnerable que si estuviera a punto de ser servida como su cena.

Y, seguramente, éste es el aspecto que, sobre todo en su primera parte, hace tan atractiva la historia de Hannival y Clarice, que se torna desafío y seducción, poniendo a la policía en un papel en el que es posible identificar el temor y aversión que producen sus macabros crímenes, pero a la vez la curiosidad por descifrar los mecanismos que mueven tan complicada y oscura mentalidad.

Y esto último puede ser la mayor causa de ese magnetismo del psicópata, el que ejerce la enfermedad mental, que seduce al espectador y lo arrastra a contactarse con los instintos más bajos de la especie humana, en los que la mezcla entre locura y violencia son las aristas que el cine más se ha encargado de explotar.

Si quieres comunicarte con Rubila Araya puedes hacerlo a: rarayav@ctcreuna.cl
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