Santiago de Chile.
Revista Virtual.
Año 7

Escáner Cultural. El mundo del Arte.
Número 75
Agosto 2005

 

Columna a cargo de Ricardo Castro


Los cuentos estaban esperando, aquí se descubrirán.


Armando Quintero Laplume
Samuel Cavero
Tere Marichal Lugo



En primer término una disculpa por la molicie en que me debatí con respecto a esta columna, por no haberla puesto en la diáspora de la red, pero aquí les va amigas y amigos de escáner virtual.

Para digerir unos cortos de Armando como aperitivo, el cuento animal de Samuel como menú y de fondo y figura Tere Marechal.

Así iniciamos, veamos las réplicas, salud en buena hora.

Riccarddo.

 

 

 

Armando Quintero Laplume

lavacazul@hotmail.com

Sucedidos
Mini cuentos para palabreros y otros oficiantes

Primera parte: Mini cuentos para escuchas

1.- La joven y el unicornio
- ¡No puede ser! - dijo, a toda voz, la joven.
Ante ella estaba parado un bellísimo unicornio azul con alas que la miraba, invitándola a montarse sobre su lomo.
Cuando intentó hacerlo, ya recuperada de la sorpresa inicial, el unicornio había desaparecido.
Es que los seres como él son muy sensibles: si alguien supone que no pueden ser, sencillamente, no son.

2.- El condenado y el verdugo
- ¡No podré salir! - dijo el joven.
Estaba parado ante esa enorme puerta de roble labrada que cerraba la habitación del castillo donde se encontraba. Tenía la llave en su mano derecha.
Observó por el ojo de la cerradura. Un verdugo, de torso desnudo, blandía su hacha bien afilada y le aguardaba. Era seguro que sonreía bajo la negra capucha que cubría su rostro. Los ojos del verdugo brillaban notoriamente.
El joven, a su vez, se sonrió.
Así pasaron días, semanas, meses, años. Y más, muchos más años.
La puerta permaneció cerrada para siempre.
Algunos visitantes actuales del palacio, al pasar frente a esa puerta, aseguran haber visto un esqueleto con una llave en su mano derecha, que mira por el ojo de su cerradura. Y quienes se atreven a asomarse por allí, han observado a otro esqueleto que cubre su calavera con una capucha negra y blande un hacha bien afilada.

3.- El regreso desde los espejos
- ¡No me vengas ahora con esto! - dijo la joven.
Su enamorado le había asegurado que, por lo tanto que la amaba, podía meterse en los espejos y regresar, saltando de nuevo. Y lo hizo.
Él no sabía qué le iba a suceder al regreso. Y menos, que se encontraría con aquella pequeña piedra al apoyar su pie de vidrio sobre ella.
Todos sintieron el sonido a cristales quebrados que se oyó.
Ella, ante sí, tenía una enorme cantidad de astillas de vidrio que, muy avergonzada y rápido, recogió con una escoba.

4.- Deseo cumplido
- Si quieres la luna, te la doy - le dijo el joven a su enamorada.
Cuando ella le dijo que sí, él la acompañó al campo de entrenamiento.
Cumplió con ella todos los requisitos. Fueron meses y meses de largas y duras jornadas, hasta que les llegó la hora de embarcarse en la nave espacial.
Cuando pisaron por primera vez la luna, él le dio un fuerte abrazo.
Fue su despedida, antes de dejarla allí con su deseo cumplido.

 



El gato y la máquina del tiempo

Cuento en homenaje a Guillermo Hertz

Por: Samuel Cavero

perufuturo2006@yahoo.com

 

Las cosas que tienen la tecnología electrónica son para maravillarse.

Yo, el Gato, abro el periódico y leo: Spanish Herald , martes 20 de diciembre del 2019 y no deja de sorprenderme: "La máquina del tiempo sólo por esta temporada de verano de oferta en Sydney y Melbourne".

Suspiro, reflexiono.

¡Qué estupendo! La modernización de la tecnología nunca se detiene, los autos, los buques, los cohetes, los aviones supersónicos y las computadoras, todo cambia, incluso yo; hace unas décadas los celulares no existían y ahora hasta pueden leer Internet en pantalla y ahora mis hijos pueden ver con quien ellos conversan; en mi infancia gatuna nunca imaginé todo esto, allá en el campo, menos tanta locura de la mal llamada modernidad. Si hasta hay sillas de ruedas para los paralíticos cuyo control remoto sin accionarse con la mano obedece al cerebro; hace unos años lo que ya estaba pronosticado y a mí me parecía increíble se ha hecho cosa de rutina y de no asombrarse. Ayer justamente pude conocer a un tigre de Tasmania. Todavía olía a alcohol. No me hicieron mucha gracia sus enormes fauces. Tuve que ponerme a buen recaudo pensando en que si perro y gato no siempre congenian, menos congeniaríamos tigre y gato. El tigre de Tasmania y el gato chileno. Como quiera que sea es la vuelta a la vida de especies extinguidas: la máquina del tiempo.

Y aquí está conmigo, la compré ligerito, porque estas oportunidades no son una lesera que nos da la vida, no, no se pueden desperdiciar. Yo además sé por qué lo digo. ¿Cuánto me costó? Me ponen en aprietos. Debo confesar que la máquina del tiempo me costó.sí, eso, un ojo del cura, digo de la cara. Me relamo de gusto y digo tres veces miau bebiéndome un whisky en honor de estos sofisticadas inventivillas.

Paladeo, me sirvo otro doble bien seco, porque soy bohemio después de todo.

Ahora que la máquina del tiempo ha pasado unas noches conmigo, hasta me provoca hablarle, sí, pues le acaricio, le cuento mis secretitos y la Gata -mi adorable mujer, anda ofuscada, con esos diablos azules que a veces tienen las mujeres de Jakarta, sospecho el porqué de su enfado y le susurro, cariño, quizá piensa que dilapido el michi dólar o algo peor: la temida gatopausia- y ella se ofende, cree a esta mi edad tengo a otra mujer y me estoy comunicando con ella por este aparatito con la amante. ¡Qué ofensa para ella! Sí yo tan sólo podría decirle lo mucho que la quiero, que sigo siendo muy austero, que sólo ante ella he pecado con el pensamiento. Y mientras les hablo a mi esposa, le saco una vez más lustre a mi invento con una franela roja, meneando la cola y mis dedos juegan alborotados con sus botones. Aquel teclado, en la máquina del tiempo, se ve tan gracioso que hasta me recuerda al servil ordenador y a la calculadora, pero en vez de palabras y números tiene cada botón códigos tan extraños que, eso creo, pronto me habré de familiarizar. Debería leer el manual, lo he buscado y no lo hallo, quizá lo he botado poco antes de nuestra última mudanza. ¡Qué terrible fue aquello! Mudarse sin los gatos, abandonando la ratonera. y sin ratones. Parecíamos una extraña gitanería gatuna. En fin, lo importante es que salimos vivos del último maremoto veraniego, inmensa tragedia para muchos isleños, además de haber sido un gran susto para todos. Pero saben, a ella y a mí apenas nos remojó la cola aquellas inmensas olas. Cuando alguien gritó: "¡Se sale el mar!", nosotros ya estábamos arriba, trepados en un cocotero, agazapados arañando las palmas que se sacudían como en huracán. Olvidemos por ahora aquellos hechos tristes, penosos, de miles de muertos. Hay un botón rojo que, disipado, me permite navegar . Fácil, esto debe ser para prender . Pulso. Mmm. La pantalla se ilumina. Leo las instrucciones con una velocidad que me da vértigo. ¿En qué idioma están? No lo sé. A veces parece el coreano, otras veces el idioma japonés, y hasta el chino. De pronto unos rayos láser iluminan mis ojos cansados, ojos que se han fatigado aún más de mirar a la Gata como ella ronca feliz, relajada. Es su espíritu oriental, me digo. ¡Si sus ronquidos parecen madera aserrándonos el alma! Juego con esa luz de mi artificio proyectándola. Me acurruco al lado de ella acomodando mis patitas que alguna vez atraparon los ratones, pero sólo para jugar con ellos. Es el momento dulce, plácido, en que mi pelambre se aquieta y mi cuerpo se relaja. Es el momento propicio para evocar ni sin nostalgia mi época de gato-niño al sur de Chile, cuando el vendedor de gallinas vivas las traía atadas de las patas a un palo y éste al hombro, el carro del lechero tirado por un caballo caminaba solo y ya sabía dónde parar para dejar la leche, cuando jugaba con los espejos de los roperos ya desfondados, con las hilachas de las colchas de la abuela y ella cortando chircas para hacer escobas de patio; me recuerdo a lado de las botellas de leche de vidrio y su inconfundible tapita plateada que dejaba el lechero en la puerta (nadie se afanaba la plata), un minino jugueteando con los cordones mugrosos de las persianas de la sala, con los peces del acuario que se burlaban de mí abriendo sus tremendas bocas y hasta con las mariposas que se evaporaban en el jardín, ayudadas por el viento, tras de mis garras. ¡Qué divertido era aquello!

Ahora todo se ha vuelto lánguida monotonía, automatización, silencio, la palabra olvidada, que me hace pensar que yo también me he robotizado. Quizá ya he muerto para muchos. ¡y no he muerto! ¡Existo! Aunque claro, soy un recuerdo de los que recordando recordándome estaban. Pero no, los demás mortales son pura invención, fantasía de la imaginación. ¡Yo, felizmente existo! Sin embargo nada ha cambiado a mi retorno a este país extrañamente gatuno. La misma rutina, la misma comida, los mismos programas, las mismas noticias de violencia y pobreza en el mundo, y aquí la mismos gatos gobernando. Y yo, qué vida, poco menos que me he vuelto invisible, níveo, albo, llenándome más de canas. ¿Pero para qué se ha hecho la máquina del tiempo? ¡Para viajar! ¡Para cambiar de aires! Leo. Por fin unas letras en inglés, instrucciones que me ordenan digite yo mi nacionalidad: chileno, por supuesto. Vuelvo a digitar (por si las moscas, digito tres veces lo mismo) para que la maquinita no se le olvide que soy chileno de corazón, desde las orejas hasta la cola. Aquel invento me devuelve con una luz infrarroja que casi me ciega. ¿A dónde me ha llevado? Asumo que me ha dado su visto bueno. Presiono el primer botón: Una luz cósmica me invade, y mi mujer ¡Bien gracias!, duerme

Esa misma luz me absorbe, me desintegra, sin dolor, sin premura, y luego, antes de que parpadee la Gata al despertar, me reconstruye en otra parte.

Nota: Este relato en homenaje al estimado escritor Guillermo Hertz se extravió por dos años creyéndose perdido para siempre y ahora, al haberse recobrado, se hace conocer a nuestros lectores.



Penelope: Mujeres que esperan

Ianjo

DE: Tere Marichal Lugo

 

A María Rosa Henson, sobreviviente filipina.

A todas las mujeres, jóvenes y niñas asiáticas (mas de 200,000) que fueron forzadas a

Trabajar en los abominables prostíbulos japoneses donde fueron sometidas a la esclavitud sexual durante la Segunda guerra mundial. ¡Exijamos al Gobierno japonés enfrentar los cargos de rapto, Tortura, maltrato, violación, violación a todos los derechos humanos y asesinato!

Las pocas sobrevivientes que quedan están exigiendo al gobierno japonés lo siguiente:

El gobierno japonés debe ofrecer sus disculpas a las pocas sobrevivientes que quedan y brindarles recompensa financiera. Construir monumentos recordando a estas mujeres y asegurar que en los libros de historia japoneses se enseñe lo que sucedió a estas mujeres.

Estas mujeres, fueron raptadas y obligadas a servir a más de cuarenta hombres diariamente. Algunas pudieron cometer suicidio, la mayoría fueron infectadas con enfermedades venéreas. Los hijos de otras fueron utilizados para realizar experimentos. Cuando termina la guerra la mayoría fueron llevadas a cuevas donde se les daba muerte y luego explotaban la cueva, borrando así toda huella.

¡ Mujeres, las "comfort women", nuestras hermanas, esperan por nosotras! ¡No más abuso contra la mujer!

Tenemos que conocer nuestra historia para poder defendernos de la barbarie continua de los Gobiernos y los hombres.

 

Dos cortes precisos y profundos como ríos legendarios, eso es lo único que necesito para liberarme de una vez y por todas de esta pesadilla sangrienta que me arropa como lluvia maldita.

No tengo nombre. Tampoco presente. Visito diariamente las memorias de risa y juego. Mi tiempo está estancado en un pasado lejano e intocable, en el que he podido inventar cuentos e historias fantásticas de caballos con grandes alas que me llevan a pasear sobre los arrozales. Corro por ellos y una serpiente me regala frutas de todos los colores. Nadie sabe que estoy muerta porque cuando los médicos me examinan mi corazón palpita. Los engaño muy bien porque he aprendido a llenar mi estomago con mentiras y pedacitos de sueños. Para mi no existe eso que otros llaman vida. Estoy muerta hace un año, pero mi cuerpo moribundo sigue recibiendo más carne en este mercado escondido donde las bestias buscan placer y las mujeres ya tenemos forma de cama maltrecha y estropeada.

Mi piel está pálida como nube que una vez vi a lo lejos. Sangro constantemente desde el primer día en que me violaron. Pienso que eso fue ayer porque desde entonces se repiten los mismos sucesos diariamente. Mi presente se detuvo en ese instante y por eso sé que soy una muerta que camina y a la que venden por migajas. Lo único que ha cambiado es el lugar, pero la violación sexual sigue siendo la única danza que me obligan a realizar todo el tiempo.

¿Cuántos raptos hemos conocido, nosotras las mujeres? Raptos permitidos. Raptos históricos. Raptos bárbaros donde nuestra carne sirvió como escudo para que los soldados que defienden con honor estas guerras sin sentido por las que tenemos que estar pagando con nuestra piel puedan pavonearse de su valentía. ¿Cuanto honor ha costado desmembrar a millones de civiles que terminaron en fosas comunes que fueron escondidas para borrar las huellas de barbarie continua? ¿Cuantas cabezas cortadas se necesitan para recibir una condecoración?

Los arrozales no habían recibido daño alguno. Nuestra aldea ardía como pesadilla veloz. Intentamos escapar. Escuché el sonido del camión y los gritos de las fieras salvajes. Mi hermana de diez me tomó de la mano con fuerza y temor. Ambas temblábamos porque ya habíamos visto como arremetían contra todos con sus bayonetas. Cuerpos traspasados como si fueran de papel. Cuerpos embadurnados de rojo rabia. Humo. Gritos. Llanto. Memoria empapada de terror. En cuestión de segundos, estábamos siendo rifadas como joya preciada, porque violar a una virgen da mas poder y fuerza. Cuando ambos ganadores se saciaron con nuestra débil piel, el resto de los miembros del batallón nos violaron con fuerza y violencia.

•  ¡Pikankan!, ¡Pikankan!, gritaban los perros sedientos de placer. Se que por un momento recordé a mi madre. Tal vez fue la última vez que pude dibujar su rostro en mi memoria mientras ellos repetían aquella frase en japonés que mas tarde escuche tantas veces en el prostíbulo : "Veamos como una mujer abre las piernas" ¡Pikankan!.

•  ¡Madre! ¡Madre! Dame tu aliento de fiera y arrástrame con la fuerza de tus aguas. De nada valió alimentarnos con tus sueños. ¡Mira lo que nos está haciendo! ¡Madre! Lanza fuego por tu boca de volcán enardecido. ¡Arráncame este cuerpo que me abre como si yo fuera de barro fresco!, gritaba para poder vomitar mi rabia, pero sabía que mi madre jamás me escucharía. La habían asesinado en la aldea.

Escuchaba los gritos de mi hermanita. Nuestros gritos se unían como sinfonía infinita hasta que solo escuche los míos. Yo sola gritando sin poder casi respirar. Yo como muñeca rota, sangrando como carne fresca que se acaba de comprar para preparar un plato exquisito y saciar el hambre de días. Cuando nos alejamos en el camión pude ver un pequeño cuerpo destrozado tirado en el camino. Desde entonces decidí olvidar ese instante y refugiarme en ese lugar que nadie podrá tocar jamás: mi memoria. Recuerdo lo que fui y no quiero saber quien soy ahora. Perdí mi honor para siempre y no encuentro el rastro de esa que una vez tuvo mirada infinita.

Ya no se lo que es dormir porque siempre hay alguien esperando y ellos siguen entrando como moscas malditas que necesitan posarse sobre mi cuerpo ya podrido.

Soy alfombra pisoteada. Soy una manta que está rasgada. Escucho las lamentaciones de las demás. El llanto se vuelve rezo cuando llegan las noches en las que el Ejercito Imperial Japonés descuartiza en las aldeas vecinas. Sólo en estos momentos es que podemos dormir algo y consolar nuestra alma rota. Esperamos con ansiedad la llegada de estos enfrentamientos belicos porque representan para nosotras el único momento de respiro y descanso que tenemos, ya que sus cuerpos malditos no están batallando con los nuestros.

He servido de carne para tantos cuerpos. ¿Doscientos? ¿Trescientos? Perdí la cuenta. ¿Cuantos cuerpos pueden violar a una mujer que quince años una y otra vez y otra vez y se repite el suceso día y noche. ¿Cuántas veces puedes violar a una chica de trece? ¿De cinco? ¡Ojalá se mueran todos y no quede ni uno sobre la tierra! Nadie escucha mis súplicas. A Nadie le importo porque soy algo más en este mercado donde el carnicero se abanica mientras las moscas muerden la carne con sus dientes de metal.

Mañana me inyectarán. Le llaman #606. Cuando te la inyectan varias veces sabes que nunca más podrás tener hijos. No quiero tener hijos. Nunca tendré hijos. Quiero ser tierra estéril. Sangro todo el tiempo. Sé que estoy podrida por dentro. Huelo mal. Quiero oler mal. Quiero estar enferma e infectar a todos estos salvajes que mañana usarán corbata y tendrán una familia, esa que yo tuve una vez. Quiero ser la peste para arrastrarlos conmigo a una fosa profunda. Quiero ser dragón y quemar sus tejidos para que nunca más puedan levantarse y usar más cuerpos como muñecos de trapo para practicar con sus bayonetas. Seré una plaga levantando mi manto de rabia sobre el cielo de Japón y su sol se nublará para siempre. Que no crezca cosecha alguna en la tierra de Amaterasu, si ella fuera yo, haría lo mismo porque todas las mujeres somos hijas de la misma madre y se que esa diosa nos abrazaría porque somos fruto sagrado de la cosecha.

¡Quiero ser un maremoto y arrasar con todo lo que encuentre a mi paso, sin compasión! Deseo condecorar a este ejército imperial con los huesos carcomidos de las victimas inocentes de esta guerra hambrienta. Me volveré sable vengativo e iré cortándoles los parpados para que nunca más puedan cerrar los ojos y tengan que presenciar el horror para siempre. Colocaré las calaveras de mis ancestros frente a sus rostros para que jamás olviden que la Emperatriz del Dolor, busca a los que han cometido esta barbarie descontrolada y exige que se le pague un precio. Nadie consume carne ajena sin pagar un precio por esta. ¡Miserables soldados imperiales : Vagarán como almas desvalijadas, arrastrando sus mugrientos uniformes como harapos de mendigos azotados por la peste y la fiebre amarilla. Infectarán a sus mujeres, como lo han hecho con nosotras y éstas parirán hijos deformes, recordándoles siempre, estas pieles que tantas veces golpearon y violaron. Los maldigo en silencio porque aquí, en este rincón que es solo mío, nadie puede entrar ni escucharme. Aquí no hay miedo ni dolor. Aquí venganza y cólera!

Guardo silencio, pero las voces de las que me protegen siguen guiándome con ternura, por eso hoy me arrodillaré antes de acostarme por última vez y levantare mis brazos a las que me protegen con su mirada en ese pasado eterno de brazos calientes y dulces.

Nos levantan a las seis de la mañana y nos alimentan porque los prostíbulos son negocio lucrativo para cualquier gobierno y más cuando hay una guerra. Todos los soldados comienzan a hacer fila y van pagando el tributo necesario para saciar su deseo carnal. Nada cobramos. Todos vivimos en este mercado donde el usurero mayor, se hace rico a cuenta de nuestros muslos, de nuestra boca y nuestros pechos. Nuestro sexo está deformado por el continuo y repetido uso y muchas enferman continuamente. Nosotras también le pagamos a esta maldita guerra con nuestra carne. Mientras mas guerra hay, mas carne se vende. ¡Buen negocio este de la guerra donde solo los gobernantes se lucran arrastrando carne fresca por los caminos dorados de los arrozales!

Cuando los soldados llegan de una batalla, vienen con el perro rabioso lamiéndoles la piel. Esos días sufrimos mucho, porque su furia es tan demencial que nos usan como sacos de arena, sin compasión. Esos son días de tormenta interminable, de presente desatando hilos de carne para saciar el hambre.

Para mi no hay futuro. Para mi cuenca vacía y bambú podrido. Río seco y aguas turbias. Pesadilla encontrada y cuatro paredes de las que rara vez salgo.

Ayer pude robarme un cuchillo. Esta noche lo usaré. Rezaré sin que se den cuenta y le pediré a mis ancestros que perdonen la ofensa cometida hacia mi familia. Les rogaré que me permitan descansar a su lado. Rezaré por mi hermanita, quien sirvió de carroña para los animales hambrientos. Por mi madre, quien nos defendió con su propio cuerpo hasta que quedó arropada por la sangre furiosa que baila sobre la piel cuando la dejan en libertad. Me arrodillaré, como solía hacerlo antes y podré imaginar por un momento que el incienso me arropa en su exquisito aroma.

Todavía puedo imaginar. Cuando mi cuerpo es sacudido violentamente por estas bestias con uniforme militar, mi espíritu escapa velozmente de esta hilera de huesos desordenados que yace posado en este maloliente colchón y corro, como antes, por la ladera de las montañas y río con mi hermanita mientras nos escondemos y cantamos estribillos graciosos. Vuelo como golondrina y puedo ser rama de árbol mecida por el viento calido. He aprendido a no estar presente. Me refugio en ese pasado de campos sembrados y allí me quedo, bien protegida. Espantando el presente porque los muertos que respiramos entre los vivos vagamos como aire perdido y no queremos saber que existe un hoy.

Esta noche cuando todos sacien su deseo incontrolable mi espíritu se desnudará y abandonará este vestido ensangrentado que tanto pesa. Mi piel sometida está desconsolada. Mis huesos caerán al suelo como las hojas secas y yo regresaré al principio de todo para empezar de nuevo.

Lacté de los pechos de mi madre, aquella guerrera incansable que me cargó como semilla poderosa. Quiero detener el tiempo en ese instante. Para mi ya no hay búsquedas. Necesito regresar a ese pasado para aliviar mi dolor y mi pena. No quiero mas agua salada habitando en mi mirada perdida. No quiero más dedos ni lenguas sobre mi piel adolorida. No quiero más este presente de rabia continua. No más.

Uniré mis piernas. Las amarraré fuertemente con esta sabana que se quiere marchar conmigo. Quiero ser nuevamente una con mi madre. Esa que prepara una alfombra blanca de arroz para mi retorno.

Abriré mi piel. Yo misma liberaré la poca sangre que me queda para que mi cama funeraria, esta en la que habito, se transforme en velo empapado de amapolas delicadas. Este será el único recuerdo que dejaré de mi ser. Nunca más podrán vender mi carne.

Muerta estoy desde hace un año y ya es hora de cerrar los ojos para siempre, de regresar a lo que una vez fui: perla cultivada en caracol distante. Perla valiosa bien guardada, como tesoro inalcanzable.

El filo de la navaja es mi único aliado en este mercado de carne humana donde he venido a morir.

Tiéndeme la alfombra madre. Voy hacia ti.

 

 

*IANJO : estaciones de prostitución para el ejercito imperial japonés

 

lucreciavlad116@hotmail.com

 

 

 

 
Si quiere contactarse con Ricardo Castro puede hacerlo a clnito@lycos.es

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