Santiago de Chile.
Revista Virtual.

Año 7
Escáner Cultural. El mundo del Arte.
Enero y Febrero 2005

del libro "La Perra Brava" en Ediciones Especiales de Escáner Cultural
(
2ª Parte)

México en la Coatlicue.
La
Coatlicue en México
(Algo sobre la cultura mexicana en los años sesenta del siglo XX)

 

Andrés González Pagés

 

Referir hechos que sucedieron hace entre cuarenta y treinta años obliga inevitablemente a introducir juicios valorativos en la narración. En la sempiterna controversia acerca de lo debido o indebido de tal actitud, muchas veces los autores de historias así explican sus posturas, esmerándose en legitimarlas con argumentos claros y buscando una justa objetividad. En el texto a la vista del amable lector sucede exactamente lo contrario; como otro valor cualquiera, la objetividad es para nosotros relativa y en el caso presente no nos preocupa por cuanto consideramos que nuestra convicción, nuestra experiencia —finalmente, mucho de lo que aquí se dice no fue vivido sólo por nosotros— y nuestro derecho a la opinión son inalienables. De otra parte, la postura del autor respecto de los hechos que aquí desfilan quedó afirmada en él como producto de criterio desde hace ya un buen tiempo, si bien la oportunidad de recordarlos ahora, a la luz de acontecimientos recientes en el ámbito cultural de nuestro país, le permite comprobar muchos de ellos que antes sólo conservaba como deducciones.

El desarrollo sociocultural de la década de los años sesenta ha sido expuesto ya exhaustiva y brillantemente por José Agustín en varios trabajos, sobre todo en su monumental Tragicomedia mexicana. Pero así como nos enorgullece que un miembro de nuestra generación haya roto el monopolio informativo que hasta poco antes ejercían algunos autores de la llamada mafia cultural sobre quienes pesan, como más adelante habrá de verse, varias de las responsabilidades que aquí consignamos, queremos hablar de hechos y pareceres sin duda igual de significativos que nos tocaron vivir particularmente y que interpretamos, junto con otros que hubimos de compartir con el propio autor de la Tragicomedia mexicana, según nuestra propia óptica.

Insistimos: una marcada diferencia entre su texto y el nuestro (además de la vastedad y la modestia que de principio los contrasta), es el claro esfuerzo de José Agustín por ser objetivo y la indiscriminada subjetividad que nosotros enarbolamos. No se vea en esta afirmación ninguna clase de ironía. Respetamos y admiramos a nuestro antiguo amigo y compañero de generación como corresponde a un artista y a un intelectual que ha agregado ya varios aportes significativos a la literatura y a la cultura, no nada más nacionales. Sólo tratamos de agregar aquí un punto de vista heterodoxo y algunas posturas personales o grupales que hasta ahora no habíamos tenido oportunidad de difundir. La motivación general es que la Historia nos parece ya muy fatigada por el racionalismo.

 

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Afortunadamente, la característica doble de la diosa prehispánica que da título a este trabajo es lo que se dice "todo un lugar común": diosa azteca de la vida y de la muerte, dadora del alimento primordial a la vez que de la ponzoña insalvable. A lo largo de estas parrafadas podrá identificarse también como el espíritu que rige el comportamiento nacional y, desde luego, el de un buen número de los protagonistas de la historia reciente de nuestro país, quienes han construido lo mejor de nuestra cultura contemporánea y, a la vez, la han degenerado hasta convertirla en un factor de sumisión y enajenamiento. El brillo y la sombra como aspectos de un mismo ser, con el resultado triste de una contribución importante al caos que hoy nos caracteriza como país. Si una creencia, desde luego válida, es que la filosofía generada por los ágrafos anteriores al llamado encuentro de los dos mundos no puede expresar la complejidad del mexicano de hoy, otra no menos válida es la nuestra, como se verá aquí, representada por múltiples eventos y personas: Coatlicue en aplastantes e inevitables funciones. Muchas más de las que podrían mantener el asunto dentro de los límites de un cómodo folclorismo inane.

 

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Para el término de la década de los años cincuenta, la promoción de la cultura y su ejercicio en México habían embarnecido dentro de los lineamientos de la Revolución de 1910. Era, así, parte de un orgulloso nacionalismo que aparentemente se esforzaba por que en un futuro más o menos cercano toda nuestra sociedad alcanzara no sólo el mismo nivel de vida, sino que gozara, toda ella, de una vida de alta calidad. Sin embargo, como correspondía al desarrollo de un país de los que poco después serían conocidos como "tercermundistas", desde poco antes una serie de contradicciones había comenzado a debilitar esa apariencia: la renuncia forzosa de Andrés Iduarte al INBA, durante el régimen de Adolfo Ruiz Cortines, porque Diego Rivera impuso la bandera soviética al féretro de Frida Kahlo mientras se la velaba en el Palacio de las Bellas Artes y, por parte ya del presidente Adolfo López Mateos, sucesor de Ruiz Cortines, la represión de la huelga estudiantil del Instituto Politécnico Nacional (IPN), que propugnaba un incremento en el presupuesto para hospedar estudiantes foráneos en su Internado; la represión al movimiento de Othón Salazar, quien encabezaba a los maestros en su búsqueda de un incremento salarial, y el encarcelamiento de David Alfaro Siqueiros, porque durante un viaje al extranjero el artista se permitió criticar negativamente la supuesta democracia del gobierno lopezmateísta.

Además, la siguiente década hubo de encontrar la cultura nacional y su promoción en desequilibrio, pues la Revolución cubana había triunfado en 1959 sobre la dictadura de Fulgencio Batista, y este hecho resonaba de modo violento en toda Hispanoamérica y en los Estados Unidos, cuya política siempre ha sido determinante en nuestro país. No puede dudarse de que las represiones que hemos mencionado fueron en alguna medida, si no la consecuencia de una secreta labor diplomática estadunidense -lo que es de suponerse sin que nadie pueda asegurarlo-, sí el producto de la necesidad gubernamental mexicana de no contravenir la política del vecino del norte, modelo a seguir por toda sociedad mayoritariamente satisfecha, como la nuestra, de pertenecer al mundo capitalista.

Al comienzo de la década de los años sesenta la obra artística universal alcanzaba en México una gran difusión e influía poderosamente en la juventud creadora. Un indicador de particular interés en el campo de la literatura fue que un domingo de 1962, en la atiborrada salita de conferencias de la Casa del Lago, en Chapultepec, dependencia de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el ya para entonces consagrado Carlos Fuentes presentó la novela Rayuela, de Julio Cortázar. Faltaba poco para que el nombre del argentino, junto con el del propio Fuentes y los de otros novelistas hispanoamericanos, fuese reconocido como parte del fenómeno editorial multinacional al que se identificaría como el Boom, y que junto con el ya dicho triunfo del pueblo de Cuba iba a influir fuertemente en el trabajo intelectual de los mexicanos.

Al margen de su papel altamente positivo en la promoción y divulgación de la obra literaria más reciente de España e Hispanoamérica, el Boom, que fue lanzado ante todo como un movimiento intelectual por la editorial Seix Barral, de Barcelona, significó asimismo sin duda la competencia no sólo económica, sino política, de otra promoción de la moderna literatura en español que Cuba había iniciado con sus ediciones de la "Casa de las Américas", a través, sobre todo, del premio del mismo nombre y que desde luego buscaba fortalecer la imagen de su revolución en el mundo.

Así, al "Premio Casa de las Américas" le salió al paso en 1962 el "Premio Biblioteca Breve", limitado éste respecto del primero en cuanto a que convocó únicamente a los novelistas, mientras que aquél deseaba estimular -y sigue haciéndolo hasta hoy- lo mismo a novelistas que a cuentistas, a poetas y a ensayistas. Fue ésta una prueba clara de que Seix Barral daba preponderancia al asunto comercial, pues el mercado novelístico era seguro mientras que los otros géneros literarios, como hasta hoy, no prometían una fácil venta. Desde luego, el primer libro laureado por Seix Barral era tan brillante como cualquiera de los que Cuba hubiera podido estar premiando: La ciudad y los perros, del peruano Mario Vargas Llosa.

Se muestra en este libro la deshumanización que priva ya en uno de los primeros peldaños posibles del medio castrense; esto es, en un colegio militar. La mezcla de sufrimiento y crueldad que los cadetes padecen allí, hasta su culminación en el asesinato de uno de esos jóvenes a manos de un compañero, hizo que tanto el autor como la editorial parecieran estar afiliados al brote revolucionario internacional del momento. Pero sólo se trataba de la consignación de una parte del drama social de siempre y, si acaso, de la reprobación del militarismo -el desbordamiento de la función militar- propia de cualquier sociedad en sus cabales. Pero otra lectura que bien puede hacerse es que se trató en primerísimo término de un hecho distractor para quitarle a Cuba, a los ojos de la intelectualidad de habla hispana, la exclusividad del prestigio y la altura moral que da el combate a las dictaduras, a la vez que las divisas de los propios países lectores. Es decir, un oportunismo históricamente político que además podía rendir, como lo hizo, altos dividendos económicos durante muchos años.

Respecto a lo plástico, hay en el diseño de la camisa de La ciudad y los perros un elemento innovador que mucho significado habría de cobrar al largo plazo: antes que ilustrar directamente el tema del libro, la ilustración era portadora de un simbolismo más general, por cuanto mostraba una pelea de perros callejeros. Sólo al adentrarse en la lectura podía colegirse que esa pelea representaba la vida de perros que se vive en los cuarteles. La tradicional viñeta ilustrativa había sido reemplazada por una imagen más bien autónoma, que no dejaba de desconcertar al lector ante una primera mirada. Poco a poco, con base en este nuevo concepto del diseño, tal actividad iría ganando terreno hasta valer por sí misma. No importaba que en muchos casos la "imagen ilustrativa" llegase más bien a desvirtuar el contenido primario del documento que la ostentaba o, sin duda también en muchos casos, desvirtuándolo a propósito. Cada vez más, las publicaciones de los años siguientes, sobre todo las periódicas, sólo podrían ser leídas con un esfuerzo complementario, porque sus elementos plásticos decorativos impedirían leerlas tranquilamente. Las décadas posteriores darían testimonio de que este hecho plástico se sumó a la confusión general derivada del estructuralismo de derecha, muy necesitado de consolidarse luego mediante la decodificación derridiana -que estaba por llagar en los años setenta-, la cual no se propone ningún nuevo ordenamiento de la realidad una vez que la ha destruido, o "deconstruido", como esnobista y embozadamente fue traducido el vocablo al español.

Al respecto del Boom, hay que agregar que lo dicho en el párrafo antepasado no significa que la casa editora barcelonesa que promovió el premio Biblioteca Breve no haya seguido premiando libros valiosos los años subsecuentes. El título triunfador en la segunda edición de ese premio (1963) fue Los albañiles, del mexicano Vicente Leñero, que quizás junto con la reciente El rey viejo, de Fernando Benítez (reingreso  de lo histórico en la literatura mexicana moderna, 1959); Aura, de Carlos Fuentes (introducción de lo fantástico, 1962); Farabeuf, de Salvador Elizondo (introducción de la crueldad de corte orientalista, 1965) y Los errores, de Revueltas (revisión de los movimientos de oposición, 1966), forme el conjunto novelístico más importante del medio siglo en México, debido a que representaba un pluriestilismo acorde con dos hechos mundiales ya para entonces y desde hacía mucho insoslayables: la visión múltiple y la producción disímbola, prácticamente en cualquier sentido. La novela de Benítez, además, significaba el primer paso, contundente, de la novela histórica moderna que años después cobraría singular importancia en México y en Hispanoamérica.

Por ejemplo, a una narración realista el autor no tenía empacho en hacerla seguir de una fantástica, igual que en el terreno de la novelística. Desde el extranjero, Cortázar reforzaba esta actitud con el pluriestilismo de sus volúmenes de cuentos, hasta llegar a la presentación de dos importantes libros de "varia invención" en 1967 y 1969 respectivamente: La vuelta al día en ochenta mundos y Último round. Poco más adelante, Andrés González Pagés aplicaría el método readiano pluriestilista al estudio de los cuentos de veinte jóvenes mexicanos (Letras no euclidianas, 1973). Igualmente, Octavio Paz abordó múltiples formas poéticas; pero, en el terreno de lo filosófico, respaldó siempre el estructuralismo de derecha que fomenta la cerrazón metodológica opuesta a la dialéctica marxista, y que va muy bien con la falta de claridad que también se opone a ella. El estructuralismo penetró entonces en el país, por la vía del suplemento cultural en boga: La cultura en México, de la revista Siempre! -baluarte fundamental de la luego llamada mafia, o sea el grupo de Benítez-. En su versión derechista, es un pensamiento que combate al marxismo y que a fin de contrarrestar la claridad del planteamiento dialéctico echa mano de la confusión idealista en el orden filosófico y magnifica, ya en el terreno de la economía, la teoría subjetiva del valor. En el ámbito de la cultura, diremos que el más claro exponente de este hecho sería a la larga el filósofo francés argelino de la confusión, el "postestructuralista" Jaques Derrida, que vendría a rubricar el caos ontológico iniciado en los años sesenta. "A río revuelto ¾reza el dicho que el francés y sus seguidores parecieron asumir como bandera¾, ganancia de pescadores". Las siguientes líneas son una traducción más bien deficiente hecha por un señor Patricio Peñalver para la editorial española "Proyecto A" ¾en su "logo" la "A" es minúscula¾, cuyo lema comienza diciendo así: "Cuadernos A constituye una serie de conocimientos metodológicamente estructurados..." Las líneas de Derrida son éstas: "Estrategia es una palabra de la que he abusado quizás en tiempos, tanto más porque era para precisar al final, de manera aparentemente contradictoria y con el riesgo de cortar la hierba bajo mis pies ("moverme a mí mismo el tapete", AGP) ¾cosa que casi nunca dejo de hacer¾ que era una estrategia sin finalidad. La estrategia sin finalidad ¾pues me sostengo en ella y me sostiene¾, la estrategia aleatoria de quien confiesa no saber a dónde va..." (El tiempo de una tesis, 1989.) Se convendrá con nosotros en que lo que Derrida sugiere aquí podrá ser cualquier cosa, menos que tenga un pensamiento "perfectamente estructurado". Y sabemos bien que esta es la tónica general de Derrida, el más cínico de los exponentes de la decadencia filosófica contemporánea. La literatura del absurdo como la de Kafka, llena de argumentos inacabados ¾como los llama Raymundo Ramos en Simulacros y la mirada sesgada (2001)¾, es fascinante. Una filosofía de planteamientos inacabados, kafkiana, es aberrante.

Entre otros lamentables logros de esa herramienta de análisis que sus expositores de derecha han pretendido siempre elevar al rango de una filosofía y que se llama "estructuralismo", está el haber acabado con el sistema educativo mexicano al propiciar que se retiraran de los planes de estudio de la educación básica mexicana la aritmética tradicional ¾que fue sustituida del todo por la teoría de los conjuntos, debiéndose agregar ésta a aquélla¾ y la caligrafía "Palmer", que repercutió en la disminución, no sólo de una serie de habilidades, sino de la facultad crítica de los mexicanos.

Por su parte, el libro de Leñero expresaba en primer término la ruralización de nuestro medio urbano, fenómeno consecuente con la carencia de fuentes de trabajo a lo largo del país y rasgo esencial de la concentración de la actividad productiva en unos cuantas megalópolis, polos de un desarrollo suicidamente desequilibrado. En esa novela, la muerte del velador de un edificio en construcción puede ser obra de un asesino, según la policía, o del Diablo, según los demás trabajadores, los albañiles. Al emigrar a la capital en busca del sustento que ya no había en su tierra, es decir, en el campo, estos ciudadanos mexicanos habían traído a ella su mentalidad mítico-mágica, agudizando las creencias supersticiosas que mayor o menormente persisten en todas las ciudades, de acuerdo con las condiciones culturales del país al que pertenezcan.

Pese al premio recibido, a Leñero no se le abrieron mucho las puertas mexicanas del éxito. La mafia no lo integró a su nómina y él hubo de seguir publicando sin mayor promoción y, sobre todo, trabajando en algo distinto de su creación literaria profunda, en concreto haciendo telenovelas y como jefe de redacción de una publicación de corte comercial, exclusivamente supermercadera, como era la revista Claudia. Según José Agustín, el catolicismo militante de este autor pesó más que nada para que la cultura oficial lo mantuviera relegado a la iniciativa privada. Suena lógico, pues la iglesia católica aún no lograba en México sustituir la oficialidad a su servicio para administrar ella directamente el país. Merecedor, por Los Albañiles, del máximo galardón literario que la intelectualidad mexicana concede a sus escritores, el famoso Premio Javier Villaurrutia, Leñero habría de esperar hasta el año 2001 para recibirlo "por su trayectoria". Es decir, que nunca lo hubiera recibido de no llegar la iglesia al poder directo con Vicente Fox en la presidencia de la República. Este hecho ilustra bien en el sentido de que los factores externos antes mencionados, el Boom y el concurso cubano de la Casa de las Américas, no tenían un peso del todo decisivo en México. El grupo de Benítez y sus derivaciones ¾a los que nos referiremos frecuentemente a lo largo de este trabajo- los aprovechaba por igual a los dos según su conveniencia, sin arriesgar en ningún momento su hegemonía interna por relacionarse en demasía con alguno de ellos.

Un asunto muy comentado que no dejaba de tocar al Boom, fue algo que se relacionó con la publicación de una de sus grandes novelas, ya no desde Barcelona, a cargo de Seix Barral, sino desde Buenos Aires, con el marbete de la Editorial Sudamericana: Cien años de soledad, del futuro premio Nobel Gabriel García Márquez, colombiano a quien la mafia llamaba y sigue llamando "Gabo", como para sugerir no sólo que es su amigo íntimo sino que le pertenece. El hecho es que esa novela -se decía-, con todas las divisas que estaba dejándole a Argentina su venta de millones de ejemplares, había sido rechazada por el Fondo de Cultura Económica (FCE) a través de José Emilio Pacheco, uno de sus "lectores" -dictaminadores- estrella. No sólo se hablaba de la incompetencia crítica del mafioso, sino hasta de una probable traición a la patria, por la que la mafia hubiera cedido al extranjero el enorme éxito que la novela de García Márquez iba a representar obviamente, y su consecuente prestigio para nuevas promociones literarias.

Pero, sin duda, el contrapeso más grande al movimiento propagandístico cubano sobre la cultura, que desde luego era una avanzada para la diseminación de la ideología marxista por el subcontinente, fue la vasta propaganda que desde Washington se dirigió a todo el orbe sobre la estremecedora represión que el estalinismo había ejercido en la Unión Soviética durante las décadas anteriores, así como los esfuerzos que los norteamericanos hacían -y que habrían de ver coronados finalmente- para identificar esa desviación del socialismo con el propio socialismo y con el marxismo, filosofía que lo sustenta. En México, sería Paz, con la frase "el socialismo real", el paladín de esta interpretación simplista y muy productiva en términos de la desviación de los criterios, aprovechando la carencia de información popularizada sobre el asunto.

Por aquel entonces, la UNAM era sin duda en nuestro país el baluarte de un pensamiento universal que moraba sobre todo en el ala de Humanidades, signado por la libertad de cátedra. Hasta el cafecito de la entonces Escuela Nacional -hoy Facultad- de Ciencias Políticas y Sociales, el ya mencionado Fuentes se llegaba a veces para discutir en público sobre literatura y política con Benítez, que era profesor de la escuela, y los integrantes de la que el estudiantado llamaba la "Santísima Trinidad", y que eran los célebres profesores Francisco López Cámara, Enrique González Pedrero y Víctor Flores Olea. Ellos se hacían llamar los "Jóvenes hegelianos" de México, aunque en realidad promovían asimismo las ideas del joven Marx, el de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, debido más que nada a que entonces el alemán aún no hablaba ni de la lucha de clases ni de la dictadura del proletariado, y por tanto esa imagen suya no molestaba la asepsia meramente teórica sobre el socialismo. Sin que obstara su actitud de izquierdistas tibios, estos profesores -junto con algunas de las más avanzadas autoridades del ala de Humanidades, como Pablo González Casanova, director de Ciencias Políticas, que también esgrimía un pensamiento cuya modernidad apenas alcanzaba el hegelianismo-, ninguno de ellos se oponía a la enseñanza de las ideas del otro Marx -el posterior-, y esto era común en Economía, en la ya dicha Ciencias Políticas y en Filosofía y Letras. También se estudiaba el marxismo en las facultades de ciencias y medicina, del área técnica, aunque quizás en estos dos casos la dicha filosofía fuera más frecuentada por los estudiantes, en seminarios libres, que por los profesores. En Filosofía y Letras era famosa la clase del marxista Elí de Gortari, que más tarde dirigiría la Universidad Nicolaíta, en Morelia, Michoacán, y que poco después sería encarcelado por el gobierno represor. En Ciencias Políticas, además de las cátedras impartidas por comunistas de la vieja guardia ¾Febronio Díaz Figueroa, por ejemplo¾, el marxista Enrique Semo Calev acostumbraba ilustrar la suya, de Economía Política, con fragmentos de novelas de los siglos XIX y XX. El auge de la cultura era inusitado.

Un hecho de suma importancia fue que hacia mediados de la década de los años sesenta González Casanova, y sobre todo López Cámara, comenzaron a difundir en la UNAM el pensamiento de los psicólogos marxistas Herbert Marcuse y Wilhelm Reich, el cual habría de sustentar en buena medida la toma de conciencia de los jóvenes de la rebeldía sexual y política del 68. El hecho se vio reforzado por la apertura que en el terreno de la cultura significaba el auge de los Beatles, los Rolling Stones y de diversos baladistas de izquierda como Joan Báez y Pete Seeger. Con igual o mayor peso social, irrumpió entonces la "voz fea" ¾de ganso, se decía¾de Bob Dylan, que junto con la minifalda en las mujeres, que hacía valer por igual las piernas femeninas naturalmente bonitas o feas después de décadas del monopolio visual de las "piernas de concurso", vino a significar la adopción de las características personales no privilegiadas o "no maquilladas" del ser humano en el ámbito de la actividad profesional. Finalmente, el movimiento del 68 pondría de manifiesto que los "observadores" profesores hegelianos estaban en realidad separados de las necesidades de la base estudiantil, radicalizada del todo. Después del genocidio del 2 de octubre, siendo ya González Casanova rector de la UNAM y no siendo ya director de Filosofía y Letras Ricardo Guerra; habiendo desde luego renunciado Paz oportunistamente a la embajada mexicana en la India, y cuando en México todavía no se olvidaba la crisis del Caribe, cuya contradicción mayor se había expresado con el binomio "guerra-paz", y cuando el uso público del improperio no se difundía aún mucho entre la clase media a la que los estudiantes universitarios pertenecían mayoritariamente ¾por lo cual su aparición resultaba siempre sorpresiva y violenta¾, pudo leerse varios meses, con letras enormes que cubrían el frente del foro del auditorio de Filosofía y Letras: "¡Ni Guerra, ni Paz, ni Casanova, carajo!"

De tal modo, para la clase mexicana en el poder se hacía necesario desvirtuar la tendencia libertaria estimulada igualmente por los ya mencionados factores exteriores y por el desarrollo nacional. Mientras que la represión política siguió manifestándose siempre que hubo algún brote de rebeldía en distintos sectores de la sociedad, sobre todo en el campesino y en el de las relaciones obrero-patronales, en el campo intelectual el método a seguir era la ya aquí mencionada confusión producida en el extranjero, en buena medida con semejantes fines, por la corriente estructuralista de derecha: Claude Levy-Strauss y la postestructuralista de Jacques Derrida, sobre todo.

Dado que se veía venir un auge literario popular provocado por el Boom, que junto con el premio Casa de las Américas caía como anillo al dedo al ya para entonces generalizado movimiento de los talleres literarios, había que echar mano de los literatos prestigiosos para que ellos mismos fueran los desviadores y corruptores de la palabra "libertad" (la insignia principal del socialismo) y restringieran la manifestación literaria masiva (efecto viable de la libertad en el medio cultural) con base en un siempre confuso criterio de "calidad". El intelectual escogido, con beneplácito suyo en tanto que el asunto significaba además un primer paso hacia el futuro otorgamiento del Premio Nobel, fue Paz, quien publicó en 1961 su vergonzantemente autoexpurgado conjunto de obras anteriores Libertad bajo palabra 1935-1958. El principal poema sacrificado por Paz, no sólo en aras del sistema capitalista sino del fascismo, fue "¡No pasarán!", que el poeta había escrito a favor de los republicanos de la Guerra Civil Española. A partir de entonces, Paz lucharía por la libertad en abstracto, demagógicamente, sin decir nunca que es la consecuencia de la oportunidad que se tenga para ejercerla. Mucho menos habría de referirse a esa categoría, la "oportunidad", que es precisamente materia fundamental de la teoría marxista.

Para compensación ética del momento, también a principios de la década aparecieron obras de suma importancia de escritores más o menos despreciados por el grupo de Benítez como el libro de cuentos Dormir en tierra, de José Revueltas -colaborador de aquél, quien no comulgaba con su "férrea militancia política", según el "Boletín bibliográfico" número 10 "Fernando Benítez (1912-2000)", difundido por Internet el 11 de octubre del 2001-, en la editorial de la Universidad Veracruzana; los poemarios Delante de la luz cantan los pájaros y Lívida luz, de Rosario Castellanos, y la obra poética completa de Carlos Pellicer: Material poético 1918-1961, estos tres últimos con el marbete del FCE. La misma editorial publicó el libro colectivo La espiga amotinada, de cinco jóvenes izquierdistas: Juan Bañuelos, Eraclio Zepeda, Jaime Augusto Shelley, Jaime Labastida y Óscar Oliva. Al respecto, no puede olvidarse que el FCE era, como hoy, la editorial oficial, y que una función importante suya era la reguladora, consistente en publicar lo más avanzado del pensamiento y en dar cabida a los autores nacionales que se destacaran, mostraran la filiación política, apolítica o aparentemente apolítica que mostraran. Sólo posteriormente esta casa editora, aun viviendo siempre del presupuesto oficial, comenzaría a excluir a los literatos no afines a la mafia, sobre todo a los surgidos en años posteriores y por lo general mediante el confuso criterio de la "falta de calidad", enmascarado, si así se necesitaba, con el de "falta de recursos económicos" para producir su obra. Se destacan de aquel poemario la finura de los trabajos de Bañuelos y la sensibilidad que Zepeda muestra en los suyos, sobre todo hacia la percepción femenina del amor. Lamentablemente, este poeta no volvería a manifestarse como tal luego del segundo poemario del grupo Ocupación de la palabra, de 1965. Alivia el hecho de que su libro de cuentos Benzulul (1959) ocupe uno de los lugares más destacados en la historia del subgénero en México.

 

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La generación estudiantil que en la década de los sesentas contaba entre los veinte y los treinta años, tenía la convicción de que pronto, mediante su creciente organización en partidos políticos, o incluso fuera de ellos, iba a poder cambiar la Historia (no sólo la mexicana) hacia el lado de la igualdad entre los seres humanos. Y quizás las generaciones inmediatamente anteriores, apoltronadas ya en su estatus burgués derivado de la revolución hecha por sus abuelos, también hayan tenido esa convicción. Ninguna otra conjetura sería más congruente para explicar el genocidio del 68, por el cual el gobierno, administrador de la dicha clase social en el poder, masacró a esa generación anulando en México la posibilidad de un cambio que hubiera sido necesario para no llegar a la caída socioeconómica y por tanto cultural en que el país se debatiría a la entrada del nuevo siglo.

En el contexto anterior, al comienzo de la década de los años sesenta la intelectualidad nacional de izquierda, que continuaba aún el impulso generado por la Escuela Mexicana de Pintura y por la literatura nacionalista, ejercía una gran libertad de expresión e influía de modo importante en la opinión pública. Todavía se recordaba con fervor a Lázaro Cárdenas, y la expropiación petrolera, su máximo acto político, seguía teniendo un significado determinante para la conservación del sentimiento de mexicanidad.

Incluso, hacia el final de su gestión, al llegar a una visita a su homólogo de los Estados Unidos, John F. Kennedy, lo primero que luego del saludo de rigor el presidente López Mateos dijo al pisar tierra estadunidense fue: "México, en el petróleo, ni un paso atrás". El presidente mexicano evidenció así, con valentía, que en ese caso sí estaba recibiendo presiones de los norteamericanos para que privatizara Pemex, y que no cedería en ello. Sin embargo, seguían corriendo ciertos rumores iniciados tiempo antes en el sentido de que López Mateos sí quería privatizar, al menos, algunas áreas de la industria petrolera, según lo había denunciado el líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo a finales de la década anterior. En la UNAM se lamentaba que la contradicción más grande de la política de México hubiera sido siempre su acertada postura internacional, cuya base evidente era la Doctrina Estrada de la no intervención en los asuntos internos de las naciones, y la represión, a veces tonante y a veces soterrada, de la disidencia interna. Saliéndonos un poco de la trama general de este texto, que es la cultura, podemos afirmar que un juicio actual sobre López Mateos es que sentó las bases para que precisamente hoy, cuatro décadas más adelante, el otrora vigoroso y redituable sistema ferroviario del país no sea ya sino una actividad lamentable, onerosa y caduca.

Por lo que hace a los terrenos de la cultura y la educación, al principio de los sesentas el gobierno era alentado todavía por el espíritu vasconcelista y el prestigio del movimiento intelectual de 1929, que había logrado la autonomía universitaria. Pero también pesaba en el ánimo de los gobernantes la cada vez más difundida actividad internacionalista cubana. De tal modo, dejando que aparecieran como simples contradicciones en el terreno de la cultura los hechos represivos que al principio señalamos, López Mateos mismo decidió proteger al grupo intelectual que capitaneaba Benítez, luego de su expulsión masiva del periódico Novedades por parte su dueño, el alemanista Rómulo O´Farrill -hasta entonces muy amigo de Benítez, pero quien ya venía molestando a éste por su posición procubana-, quien se indignó por la publicación de unos poemas eróticos de John Donne traducidos por Paz e ilustrados por Elvira Gascón. Para la izquierda, el incidente no fue sino un ardid gubernamental que buscó y logró investir al grupo de Benítez como mártir y acarrearle la simpatía necesaria para volverlo el mentor de la cultura mexicana, y aun esgrimirlo como grupo políticamente avanzado, izquierdista. Muchos incurrieron en la ingenuidad de considerarlo incluso revolucionario, idóneo para contrarrestar el peligro militarista siempre latente en el ánimo de la pequeña burguesía, sobre todo en el de su estrato estudiantil. Desde luego, parece poco probable que O´Farrill se sintiera ofendido por unos poemas e ilustraciones "eróticos". Más bien, el asunto pudo haber sido el primer eslabón de una cadena que poco a poco iría aprisionando al país en las mazmorras de la pornografía, elemento denigrante y enajenador muy útil a la dominación burguesa. Y no porque la traducción y las ilustraciones aludidas fueran de ese carácter, sino porque, como se vería años después, con motivo de otro problema de represión igual en la Revista de Bellas Artes, al no tener clara la mafia la diferencia entre erotismo y pornografía -o teniéndola clara y estar de acuerdo con la segunda-, defendió juntas las dos manifestaciones. González Pagés se referiría a ello en su ensayo crítico "Pornografía y asociados", de C.O.D. (1980). Hoy, prácticamente cualquier espacio en las ciudades mexicanas -y en los hogares mexicanos, debido a la televisión- está invadido por la pornografía. Más adelante (1969), algunos hechos seguirían contribuyendo a la mencionada confusión sobre el "izquierdismo" del grupo de Benítez. Por ejemplo, el que fuera Juan García Ponce, miembro de ese grupo ya para entonces conocido ampliamente como "La mafia", el traductor del libro de Herbert Marcuse El hombre unidimensional. Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada. Este libro, como ya lo dijimos, sería uno de los soportes teóricos para que los estudiantes mexicanos se levantaran en rebeldía en 1968. Pero el hecho de que lo hubiese traducido un miembro de la mafia ¾brillante narrador y ensayista, por lo demás¾, no significaba, profundamente visto el asunto, sino que el cinismo de los mafiosos incluía la "chamba" de las traducciones de los textos contrarios a su propia ideología. El grupo de Benítez se mostraba ya entonces como el factor interno que mayoritariamente iba a determinar la cultura mexicana de aquella época y hasta la actual. Desde luego, por sus opiniones y sus actitudes, este grupo se evidenciaría pronto, acéptese o no el sentir de la izquierda acerca de los hechos relacionados con el periódico Novedades, como un grupo no sólo culto, sino brillante, cuyos miembros lucían un acomodo económico más o menos tranquilo y una formación envidiable que los hacía candidatos idóneos para representar intelectualmente el estatus y defenderlo. Es decir, que se trataba exactamente de la intelectualidad a la que la burguesía en el poder le convenía patrocinar.

El cuantioso presupuesto oficial para la manutención del grupo de Benítez pasó entonces de Novedades a la revista Siempre! El nombre del suplemento cultural que reunía a sus miembros hizo entonces un simple hipérbaton, y de llamarse México en la cultura pasó a llamarse La cultura en México. Su vida sería larga y deslumbrante, hasta desaparecer un día como suplemento cultural y quedar integrado a Siempre! como una más de sus secciones, como para indicarle al mundo que la cultura ha dejado de merecer un lugar aparte, o que ya no hay necesidad de un suplemento así para mantener a la mafia, pues sus miembros gozan ya de los "apoyos" vitalicios del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA o CENCA). México en la cultura. La cultura en México: México en la Coatlicue. La Coatlicue en México.

Por un lado, la reunión de Benítez con Pagés Llergo podía y debía verse como un orgullo nacional: el gran maestro del periodismo moderno recibía - "Con calor de hermanos", nombró su editorial al aparecer en Siempre! el primer suplemento La cultura en México, el 21 de febrero de 1962- al no menos importante creador del concepto de "suplemento cultural". Pero tampoco era posible creer en una personalidad santa de ninguno de los dos periodistas. Benítez, en concreto, parecía seguir de todo a todo la tónica mexicana de ofrecer una política decente en cuanto a lo externo y confusionista y excluyente en cuanto a lo interno. Considérese el siguiente botón de muestra: referiría Fuentes en 1992, con motivo del octogésimo aniversario de Benítez, que cierta vez el capitán de la mafia fue fotografiado mientras se enfrentaba al jefe de la policía del Distrito Federal, "que quería impedirles a los republicanos españoles manifestarse contra la visita de Eisenhower a Madrid ante la embajada estadunidense en el Paseo de la Reforma". Por lo contrario, Benítez nunca protestó por el hecho de que Paz excluyera cobardemente, de su compilación poética de 1961, el ya citado poema "¡No pasarán!", escrito en torno al mismo conflicto que en esa manifestación se ventilaba. Una excepción, que mucho honra a Benítez, fue su denuncia del asesinato del líder agrario morelense Rubén Jaramillo y su familia, lo cual enfrió para siempre su relación con el presidente López Mateos. Fue ésta una actitud histórica noble y valiente de Benítez. En todas las demás, siempre cabe una interpretación doble, honrosa o vergonzante.

Por medio de sus miembros más jóvenes -Carlos Monsiváis y Pacheco, sobre todo-, el mismo grupo de Benítez comenzó a dominar cada vez más el departamento de Difusión Cultural de la UNAM y a conquistar otro espacio periodístico de gran relevancia, la Revista de la Universidad de México, importante no sólo por su reconocida calidad sino por el ámbito que cubría y representaba: el universitario. No es que no hubiera otros intelectuales que pudieran hacer en la revista de la UNAM el mismo trabajo de alta calidad, sino que al amafiarse Benítez y sus protegidos ¾de los cuales algunos como Carballo, Fuentes y Julieta Campos ya colaboraban en ella¾ comenzaron a eliminar, sobre todo por la vía catolicista del silencio, los nombres de los aspirantes que no fueran descubiertos por él mismo -caso de Leñero- y siguiesen rigurosamente sus lineamientos estéticos, los cuales servían de embozo a los intereses procapitalistas del propio grupo. Por cierto que ya desde los comienzos de la década de los cincuentas los citados Carballo y Fuentes mostraban su carácter elitista desde las páginas de la revista universitaria. El primero criticó a Elena Molina Ortega, autora de un libro sobre López Velarde, quien declaró no haber podido encuadrar su tema históricamente en la situación política del momento lopezvelardiano, debido a la inexistencia de los archivos que hubieran sido necesarios para ello. "La falta de utensilios de trabajo no disculpa ¾pontifica Carballo¾; antes bien, releva, excluye." Por lo visto, según el futuro mafioso, que en este comentario se exhibió además como un poco tonto, la solución hubiera sido no escribir el libro, puesto que no existían los documentos ¾"los utensilios"¾ necesarios. Fuentes, que escribía principalmente sobre cine, lo hizo una vez sobre el recientemente aparecido libro de pintura de Luis Cardoza y Aragón Pintura Mexicana Contemporánea. Como Cardoza no le puso índice a su libro ¾deficiencia obvia¾ por ser "de carácter antológico, deliberado e imparcial dentro de su apasionamiento", "sin casilleros", el comentarista lo justifica diciendo que esa característica "a la postre (le) otorga su vuelo al libro, arrancándolo del suelo de lo didáctico, exegético o informativo". No importaba que el libro hubiera sido publicado por la Imprenta Universitaria, como parte de las obligaciones precisamente didácticas que en primer lugar -las de "difusión" deben quedar necesariamente subordinadas a ella- tenía y sigue teniendo la máxima casa de estudios de México. Actitudes como éstas, de un cinismo evidente, conducirían a la larga a la aceptación de la burla constante de los mafiosos al país y a sus valores. No diferían mucho en espíritu, tales actitudes, de las que la televisión mexicana desarrollaba entonces para denigrar al televidente por medio de programas como "¡Sube Pelayo, sube!", en los que el conductor se burlaba a sus anchas -e incitaba al público a hacer lo mismo- de los concursantes que deseaban y no podían subir el palo encebado a la vista de todos. Hoy, después de cuarenta o treinta años de seguir este triste camino -apuntalado por transmisiones como las de "lucha libre" y más tarde por repetitivos asuntos de balacera y media-, la televisión mexicana ha logrado refinar esta clase de programas presentando "casos" en que parejas mal avenidas, gente adúltera o padres, hijos o hermanos resentidos por cualquier causa, se permiten insultarse y hasta golpearse ante quienes ven el programa, que alcanza los varios millones a la vez en todo el territorio nacional. Así de edificante. Aunado a todo esto, la adopción de los comerciantes -sobre todo de muchos de la ciudad de México- de vocablos extranjeros o extranjerizantes en los rótulos de sus negocios, más el paupérrimo o francamente estúpido uso del idioma que hacían muchos comentaristas de la televisión, ejemplificaron y siguen ejemplificando estas dolorosas palabras de Northrop Frye: "Hay una sola manera de degradar permanentemente a la humanidad, y ésta es destruir el lenguaje." Desde luego, comisiones para la defensa del idioma irían y comisiones para la defensa del idioma vendrían en el futuro -alguna de ellas presidida por la diputada María Luisa Mendoza, mafiosa del grupo de Benítez- sin que se acometiera nunca en serio ningún trabajo de reivindicación del español en México. Algunas protestas aisladas se levantaban ante la oprobiosa situación. Una de ellas, un poco posterior, fue de González Pagés en "La manifestación antiacento, o que dómine me traigo, mi cuate" (Nimodismos, 1973). Todas araban y seguirían arando exactamente en el desierto. Un dato curioso, regresando a la Revista de la Universidad de México de los comienzos de los años cincuenta -concretamente a algunos números del volumen VIII, de 1953 y 1954, que son los que hemos venido citando-, es el que habla de que Paz, a quien se le llama "Hijo pródigo", ha regresado de Francia, de la India y de Japón, y que buscando en alguna librería "un libro, o un periódico, publicado en 1948", se encontró con que no estaba. "Pero acá están las últimas novedades", le dijo el dependiente a Paz. "Para mí todo es novedad, tras un alejamiento de diez años", aclaró el poeta. "En tal caso, es indispensable que conozca... -el librero le enseñó entonces algo de Cosío Villegas y de Martín Luis Guzmán, y el autor del comentario remata de este modo-: ... (y aquí le mostró a su desconcertado interlocutor sendos ejemplares de El laberinto de la soledad y de Libertad bajo palabra) ...Y también... a este nuevo poeta, Octavio Paz, que dicen que es bastante bueno". No importó entonces sólo andar por el suelo de lo didáctico sino incluso bajar al subterráneo de lo anecdótico -siguiendo la clasificación de Fuentes-, que era además la tónica de la columna editorial "La feria de los días", del izquierdista director, Jaime García Terrés, a fin de ir "cultivando" a los lectores a favor de Paz para su futuro handicap por el Premio Nobel.

Entre los marginados contaron por igual el grupo de los "Estridentistas", quienes supuestamente ya no estaban activos, y el grupo de jóvenes de los "Talleres literarios de la juventud", que hacían con sus propios recursos la hoja literaria Búsqueda en doble tabloide doblado a la mitad para dar cuatro páginas en total. A éstos jóvenes los evitaban con el pretexto de su inmadurez, además de que -expresaban los de Benítez- no poseían talento ni tenían los conocimientos necesarios para la creación artística o la promoción cultural. Salvo lo del talento, término sumamente discutible, sin duda había razón en las otras dos observaciones. De los "Estridentistas" vivían aún los tres más destacados: Manuel Maples Arce, Arqueles Vela y Germán Litz Arzubide, quienes hacía tiempo ya que merecían un homenaje nacional, mismo que la mafia se cuidó muy bien de no hacerles nunca. Por otro lado, la hoja Búsqueda era capitaneada por el convocante de los "Cafés Literarios de la Juventud", César H. Espinosa, quien ostentaba el pseudónimo "Horacio Juván" y por González Pagés, quien militaba en la Juventud Comunista. La publicación era pagada por ellos dos, de su propio peculio, y por eso hubo de desaparecer en un momento en que ninguno de los dos contó ya con los recursos necesarios para seguir adelante. Y ni ellos ni nadie de su grupo publicaban aún libros. Todos debían pasar aún la etapa del Instituto Nacional de la Juventud Mexicana (INJUVE), que les patrocinaría en 1964 la nueva hoja literaria Voces nuevas y, ese mismo año y el siguiente la revista Volantín, e incluso debían pasar todavía la etapa del taller literario de Juan José Arreola, cuando bajo la dirección del maestro jalisciense y junto con otros jóvenes que no formaban parte de su grupo inicial hicieron, también en 1964, la revista Mester. Es posible que esta publicación haya sido patrocinada por el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), de cuya Dirección General Arreola era o había sido asesor. A partir de entonces, en algunos casos mediante la beca del Centro Mexicano de Escritores (CME), varios de los jóvenes de Mester produjeron sus primeros libros y comenzaron a publicar en las editoriales establecidas de la ciudad de México. A José Agustín, Arreola ya le había publicado su primera novela, La tumba, como inicio de una nueva serie bajo su dirección: "Ediciones de la revista Mester", en tanto que Ayala había publicado su poemario El domador en la editorial Oasis y González Pagés había publicado como edición de autor su libro de prosas Los pájaros del viento. Otros jóvenes narradores, como el mexiquense Carlos Olvera, autor de la novela Mejicanos en el espacio, se habían visto beneficiados por un inteligente programa de la editorial "Diógenes", de Rafael Giménez Siles. El "buscador" de esta casa editora fue Carballo, miembro secundario de la mafia no obstante ser quizás su crítico más preparado. Sin duda, otro acierto mayor de las "Ediciones de la revista Mester", además de la novela joseagustiniana, fue la inclusión del poemario Oscura palabra, del joven poeta José Carlos Becerra, quien a la postre se revelaría como el más importante poeta mexicano del momento y quien también había llegado a frecuentar el taller de Arreola.

Un indicador actual de que la mafia ejercía marginación sobre los jóvenes de los "Cafés literarios de la juventud" es la forma en que se desarrolló la relación entre sus miembros y el viejo poeta ruso Jacobo Glantz, que por aquel entonces tenía un restaurante en la Zona Rosa de la ciudad de México. El poeta les ofreció su local como sede (el inicial, el café "San José", del Salto del agua, no era ya funcional para sus perspectivas de trabajo ni para sus relaciones recientes) y se integró al grupo no sólo como escritor sino como mecenas en algún caso. El grupo perdió así la referencia de estar conformado sólo por jóvenes. Pero el asunto principal en la presente reflexión es que la hija del poeta ruso, la escritora Margo Glantz, por aquel entonces profesora universitaria y poco después fundadora y directora de la bella revista universitaria Punto de partida, hecha para los jóvenes, nunca los invitó a colaborar en ese medio, pese a que incluso algunos miembros de la mafia, a la que ella misma pertenecía -jóvenes como José Emilio Pacheco o Carlos Monsiváis; "adultos" como Henrique González Casanova-, se daban tiempo para asistir a veces a las sesiones del café "Carmel". Tiempo después, a finales de la década de los sesentas y comienzos de la próxima, se dio un incidente que confirma esta actitud de Margo Glantz, la cual veremos más adelante en un nuevo contexto.

Por aquellas fechas, el grupo de Búsqueda incluía ya a jóvenes de la ciudad de Querétaro, como los poetas Salvador Alcocer, Florentino Chávez y Santiago Koh Canul. Hugo Gutiérrez Vega tenía su domicilio en esa ciudad, donde permanecía cuando no estaba cumpliendo con su trabajo de diplomático y donde convivía con el grupo de Búsqueda. Poco después  (1965) sorprendería con el poemario Buscando amor, con prólogo de Rafael Alberti, en el que están ya presentes los gérmenes de su poesía futura: un verso fino que muestra, en eficaz combinación, la gran cultura y la valentía política del poeta. También incluía a jóvenes de la ciudad de Toluca : "La tribu Tunastral", con el poeta y ensayista Roberto Fernández Iglesias y el narrador y también ensayista Alejandro Ariceaga al frente. Los jóvenes toluqueños editaban la revista mimeografiada tunAstral, nombre que más adelante adoptaría todo su aparato editor. Después de 36 años, el grupo de Toluca sobrevive aún hoy como grupo dedicado a la promoción de la cultura a la vez que como editorial de libros, periódicos y revistas. A este respecto, vale decir que "tunAstral" nunca ha contado con mayores recursos de los que tienen los grupos marginales, a últimas fechas ayudados por el CNCA con el curioso y sobre todo contradictorio nombre de "independientes". En todo caso, infinitamente menores que los del grupo de Benítez, tales recursos, para el tiempo de la operación de ambos, que ha sido prácticamente el mismo. Fernández Iglesias escribía durante la década ensayos, pero también poemas para su libro Canciones retorcidas, que en 1970 sería doblemente laureado en Panamá, su país de origen, y en México. Es una poesía fuerte y directa por la que el poeta aborda los enigmas de la existencia y aun de la creación. Al mismo tiempo, el grupo de los "Cafés" se relacionaba ya también con jóvenes autores de la ciudad de Zacatecas, entre ellos el poeta José de Jesús Sampedro y el dramaturgo Alberto Huerta.

Hoy, ya en los albores del siglo XXI, Margo Glantz convoca a la creación de una escuela de escritores externa a las de la SOGEM -siendo que la mafia se opuso siempre antes a la enseñanza del oficio de escribir- con un muy elevado costo por el curso respecto de sus antecesoras. Es decir, que sigue el juego a la tónica de "privatización" implantada por el gobierno derechista de Vicente Fox y confirma que desde siempre los intereses de la mafia cultural mexicana estuvieron del lado de sus patrocinadoras: la burguesía nacional y la extranjera. Ahora, la masa aspirante a ejercer creativamente la literatura se verá de nuevo marginada, pues nada quita, con los antecedentes antes mencionados, que grandes recursos oficiales para la cultura sean puestos otra vez exclusivamente a disposición de los intelectuales de su clase social, concentrados sobre todo en la siempre centralista ciudad de México. Podría pensarse que exageramos. Pero se reflexionará más al respecto si se toma en cuenta que de los cuatro mil millones de pesos que en el año 2000 fueron el presupuesto del Conaculta o CNCA -cuya obligación se antoja que sea promover equitativamente la cultura en todo el país-, sólo cien de ellos se destinaron en total para ayudar al conjunto de todos los institutos de cultura de los estados del interior de la República.

Tampoco hay exageración en la posibilidad de que la mafia -aun ya fallecido su capitán, Benítez- se quede con el presupuesto actual para la cultura, pues la SEP sigue promoviéndola en todo. La antología del cuento mexicano Lo fugitivo permanece, de 1989, que aun hoy sigue apoyando al programa de literatura de las escuelas preparatorias, está prologada por Monsiváis y en ella aparecen, junto a los ineludibles Rulfo, Arreola y Edmundo Valadés, los sorprendentes -por reconocérseles pese a haber sido izquierdistas- José Revueltas, Juan de la Cabada, Zepeda y José Agustín; los perdonados Elena Garro ¾la primera esposa de Paz, con quien el poeta se peleó públicamente cuando el 68¾, y Fuentes, más Pacheco, Ponce, Juan Vicente Melo, Tito Monterroso, Sergio Pitol, Elena Poniatovska y Jorge Ibargüengoitia. Hay unos cuantos nombres nuevos, de los cuales dos son de neomafiosos: Héctor Aguilar Camín y Juan Villoro, y otros no menos sorprendentes son los de Ricardo Garibay, nunca comprometido más que con la literatura y, finalmente, el de alguien sobre quien pesaría el mal antecedente de haber recibido el premio "Casa de las Américas" en 1977, y que fue perdonado quizás porque nunca descalificó las políticas culturales mafiosas, pese a haber sido alumno de un crítico constante de ellas, González Pagés, lo cual el alumno no dejaba de divulgar: Guillermo Samperio. Es el caso contrario al de René Avilés Fabila, miembro también de los "Cafés literarios de la juventud" y del taller de Arreola, quien al igual que Samperio había obtenido el premio "Casa de las Américas", él en 1972, por su ensayo La nueva utopía y los guerrilleros, habiendo sido becario del CME en 1965-66, y a quien la mafia sí excluyó de esa y otras promociones porque poco después de la salida de Julio Scherer García del Excélsior (1976), se unió a la nueva redacción de ese periódico para fundar y dirigir el hoy célebre ¾y ya desaparecido de allí¾ suplemento cultural El Búho.

La antología en su conjunto, desde luego, es altamente positiva. Pero hay en ella un gran ausente: Elizondo, más importante que todos los que sí aparecen, pero quien padece el ostracismo por haber roto con Paz a mediados de la década de los años ochenta y haber postulado desde antes ideas caras a la estética de Benedeto Croce que pueden resumirse en este aforismo de su Cuaderno de escritura, de 1969: "Todo juicio se sustenta en nuestras pasiones". Agregaríamos que también en toda selección, en toda antología, por más objetiva que busque ser, si es que lo busca, predominan las pasiones. De cualquier forma, el autor de Farabeuf y de otros libros que enaltecen la literatura nacional está becado vitaliciamente, como todos los primeros mafiosos, por el CONACULTA. Es éste sin duda, un modo como el país parece haberles pagado, primero, su encasillamiento a favor del sistema y, segundo, su autocastración para permitir el brillo único de Paz. Ahora, el hecho parece prolongarse en un nuevo silencio para que no resuene otro nombre de las letras mexicanas más que el de Fuentes, quizás con el mismo propósito de que obtenga el Nobel.

 

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Al final de los cincuentas también estaban aún vivos varios miembros del grupo fundador de la revista Contemporáneos, grupo que -por decirlo del modo como siempre se dice- había puesto al día la literatura mexicana y la había proyectado al ámbito universal. Los sobrevivientes del "grupo sin grupo" -el elitismo de algunos de ellos los llevó a hacerlos negar su existencia grupal- eran José Gorostiza ¾quien al parecer ideó el nombre de la revista¾, Salvador Novo y Jaime Torres Bodet. También vivían Alfonso Reyes, Carlos Pellicer, Celestino Gorostiza y Elías Nandino, que habían llegado después  a la revista o al grupo. Salvo Pellicer, Novo y Nandino, los otros ocuparon puestos públicos de importancia en algún momento de la siguiente década. José Gorostiza, trabajando o habiéndolo hecho para la Secretaría de Relaciones Exteriores, parece haber determinado, traduciendo con sabia inteligencia el documento rector de la Organización de los Estados Americanos (OEA), la posibilidad de que México se abstuviera de votar contra Cuba en Punta del Este, Uruguay, cuando el presidente Kennedy impuso el bloqueo de la isla a todos los gobiernos de Hispanoamérica. Dada la tradicional e insalvable dependencia mexicana a los Estados Unidos, ello significó bien a bien un voto valiente a favor del gobierno de Fidel Castro, si bien la izquierda mexicana tomó el hecho como una claudicación más de López Mateos ante los Estados Unidos. Como Secretario de Educación Pública por segunda vez, Torres Bodet creó premios literarios y para el arte que aún hoy siguen vigentes, los que marcaron el inicio de una actividad oficial equilibradora del monopolio cultural de la mafia. También creó la hasta hoy importante herramienta educativa nacional conocida como el "Libro de texto gratuito", al que los Estados Unidos han venido censurando cada vez más, hasta las vergonzosas claudicaciones recientes ¾supresión del pasaje de los niños héroes; por ejemplo¾ que Carlos Salinas de Gortari hizo para cumplir con los requisitos de entrada al Tratado de Libre Comercio (TLC). Claro que sobre Torres Bodet pesa la acusación de haber echado a la calle a nadie menos que Pablo Neruda, cuando el chileno se había refugiado en la embajada de México en su país, durante uno de los tantos momentos represivos locales de la década; pero ya sabemos que en su caso cualquiera otro miembro del gobierno mexicano hubiera hecho lo mismo, pues la dependencia de México a los Estados Unidos seguía siendo entonces la misma que en los aún recientes tiempos de Ruiz Cortines, cuando el asunto de Iduarte y la bandera soviética sobre el féretro de Frida Kahlo.

Pellicer, reconocido entonces en el ámbito internacional como el poeta más importante de México, disputándole ese honor a José Gorostiza, de su mismo grupo, "el grupo sin grupo", era unido por Paz a su otro ninguneado, Efraín Huerta. Paz calificaba a Pellicer de poeta de "instantes poéticos" y no de poemas ¾Paz, que mucho tomó siempre de otros autores sin revelarlo, tomó de Paul Valéry esta frase¾, con el ostensible propósito de brillar sólo él. De otra parte, en la posterior antología llamada Poesía en movimiento, publicada por Siglo XXI Editores, Paz reconocería con explicitud a Huerta, cuando éste ya no hubiera podido meter -Huerta nunca hubiera querido meterlo- ruido en la carrera paciana hacia la obtención del Premio Nobel. Para Paz, cualquier brillo, aunque fuese local, podía significar un debilitamiento de su propio camino. De tal modo -pese a que como para "dorar la píldora" acababa de dedicarle a Pellicer un poema, en 1963- siguió ninguneándolo, por ejemplo al reducirlo a poeta paisajista en esa misma antología, aunque sin dejar de presentar también juicios positivos respecto de su obra poética. Elías Nandino, el más joven de los "contemporáneos"¾se le reconoce así, pese a que nunca publicó en la revista¾, acababa de completar cuatro años de dirigir Estaciones, otra publicación que ofreció sus páginas a la joven intelectualidad pseudoizquierdista para que hicieran sus primeras armas, junto con "Los Presentes", la serie de Juan José Arreola, y junto con la Revista de la Universidad de México. Muere entonces Estaciones, y lo mismo ocurriría en breve con otras publicaciones de prestigio como la Revista de Literatura Mexicana y el Anuario del cuento mexicano, éste último editado por el Instituto Nacional de Bellas Artes. Por cierto que el nombre cambiante de este Instituto, a veces como hemos indicado y a veces con el nombre suplementario de "y Literatura", es indicador de la onerosa frivolidad que en torno a la estética caracteriza a la intelectualidad mexicana: el nombre de la dicha institución puede ser cualquiera de los dos según que la autoridad educativa del momento considere o no la literatura como un arte. Con la muerte de los dos mencionados impresos murieron también los sueños de muchos jóvenes mexicanos aspirantes a las letras, quienes deseábamos unir nuestro nombre a los de los privilegiados dueños reales del quehacer literario y la difusión de la cultura: los Benítez, los Paz, los Cardoza y Aragón, los Pacheco, los Monsiváis, los Elizondo, los Melo, los Carballo, los García Ponce y otros menos famosos. Los marginados, por no por habernos puesto al servicio de lo establecido, no alcanzamos nunca lugar entre esa intelectualidad de pseudoizquierda, que alardeaba de conocimientos amplísimos de los cuales los aspirantes desilusionados desde luego carecíamos. Sus muy amplios conocimientos, los jóvenes mafiosos llegaban a expresarlos en inglés o en francés, e incluso en otros idiomas. Fueron notables las pedantísimas sesiones en que Salvador Elizondo se puso a discutir largamente en su propio idioma con invitados anglo o galoparlantes. Juzgando desde un punto de vista convencional, era notorio que en la mayoría de los casos los marginados tampoco teníamos el "talento" de los mafiosos. Y, desde luego, la mafia esgrimía el determinismo cultural de que el talento no puede hacerse mediante el trabajo, sino que necesariamente se nace con él. Por ello, con toda astucia, no daba la oportunidad del aprendizaje y de la frecuentación entre sus propios miembros y otros artistas que no fueran parte de su clase social y no esgrimieran su ideología, la de la pequeña burguesía mexicana al servicio de la alta burguesía mexicana. Cada vez más flotaba en el ambiente intelectual mexicano que el talento, y con él la literatura y todo el arte, era un don divino o un don natural, según que se fuera creyente o ateo, pero en todo caso un don al que no tiene por qué aspirar aquél a quien no se le ha concedido, en una de esas poco serias interrogantes que el pensamiento religioso llama "los inescrutables caminos de la Divinidad", o en un desplante cientificista que años después los genetistas norteamericanos  R. C. Lewontin, Steven Rose y León J. Kamin, describirían claramente: "Una de las consideraciones con las que debemos luchar a brazo partido es que, a pesar de su frecuente pretensión de ser natural y objetiva, la ciencia no está ni puede estar por encima de la 'simple' política humana" (Racismo, genética e ideología, 1987).

A la amplitud de conocimientos de los intelectuales en el poder contribuía -como sin duda hoy sigue sucediendo- la cerrada organización del sistema de comunicaciones a su servicio. Por tomar sólo un ejemplo, los comentaristas de libros de La cultura en México -Monsiváis entre ellos, desde luego-recibían, siempre gratuitamente, las primicias de la editoriales mexicanas o extranjeras, ya para su comentario en la prensa y otros medios especializados, ya para su traducción, ésta con vías a publicarse en español, sobre todo en el FCE, la editorial que estaba en manos del mismo grupo a través del por otro lado excelente promotor del libro llamado Amaldo Orfila Reynal. La biblioteca privada de cualquier comentarista de libros del grupo de Benítez superaba la capacidad de cualquier otro intelectual, incluidos los demás mafiosos, con todas las consecuencias que puedan imaginarse. No deja de resultar hilarante que del lado contrario no pocos jóvenes estudiosos de la época tuvieran que copiar a mano libros enteros en las bibliotecas públicas, cuando el título de su interés se hallaba agotado, hecho no tan raro entonces. De invención todavía muy reciente, las fotocopiadoras no se habían difundido tanto como para que cualquiera tuviera acceso a ellas, aunque no careciera de dinero para pagarlas.

La explosión de la necesidad de conocimiento que la escuela primaria gratuita ocasionó al cabo de cuarenta años, hizo que las librerías proliferaran. En la avenida 20 de noviembre y en el lado norte de la avenida Juárez, así como en el extremo norte de la alameda central, Zaplana, la Librería de cristal, ésta en las famosas "pérgolas de la alameda", y El caballito ¾que después sería El sótano¾, con sus impresionantes estanterías y sus mesas colmadas de "novedades" tanto nacionales como extranjeras, llegaron a ser las más frecuentadas, como librerías y como centros culturales de actividades afines a la lectura. Del otro lado, en la avenida Hidalgo, en medio de una larga serie de librerías "de viejo" y sin dejar de solucionar también cualquier necesidad de títulos fuera de circulación, estaba el establecimiento de Polo Duarte ¾al que bien le vendría el reconocimiento de "maestro librero"¾, quien sobre todo ofrecía a sus clientes los últimos títulos de autores nacionales acompañados con su entusiasta comentario de acucioso lector de alto nivel y buen gusto. Pero, fiel a la ley de la oferta y la demanda, la gran necesidad de libros originó el aumento de sus precios, con la circunstancia agregada y peculiar de que muchos lectores comenzaron a convertirse en expertos ladrones de su materia de interés, y ello obligó a los libreros a aumentar aún más sus precios para poder pagar personal complementario que vigilara aplicadamente el negocio. Momento hubo en que llegó a haber cuidador por mesa, o al menos por zona de la librería. Esta modalidad comercial, como la estación de radio "La charrita del cuadrante", llegó para quedarse si bien  hoy una peculiaridad más, sin duda válida, marca una consoladora evolución del hecho: los cuidadores de las librerías suelen ser en primer término, u oficialmente, orientadores para el público en cuanto a la existencia de títulos y sus datos editoriales.

Todo parecía estar en equilibrio, pues no pocos libreros robaban con el precio de los libros, en tanto que no pocos lectores robaban libros. Como para no quedarse atrás, no pocos escritores robaban ideas o temas literarios. Los casos de Paz y Fuentes llegaron a ser del dominio público, por más que la mafia simulaba no enterarse, para no tener que definirse al respecto. Pero la presión de sus detractores obligó a Paz a declarar que no tenía por qué revelar sus "fuentes secretas", muchas de las cuales habían sido ya descubiertas y difundidas por aquéllos. Autores muy saqueados por el poeta fueron los maestros mexicanos Samuel Ramos y Rubén Salazar Mallén, algunos de cuyos temas y criterios vinieron a quedar acomodados en El laberinto de la soledad. De Fuentes, el plagio más reprobado fue, paradójicamente, su bella novela Aura, cuya estructura proviene claramente de Los papeles de Aspern, del autor inglés Henry James. Poco antes el propio Juan Rulfo había evidenciado a Fuentes desde las páginas de la revista El cuento, que hacía junto con Edmundo Valadés, al revelar que el famosísimo párrafo de la "rosa blanca" que Fuentes incluyó en su anterior ¾y magnífico¾ cuento Chac-Mool, era una traducción exacta del párrafo de un momento del romántico también inglés Samuel T. Coleridge.

Vale agregar, sin embargo, que así como ostensiblemente Paz representaría en un momento dado la corriente extranjerizante y triunfante de la intelectualidad mexicana, Fuentes representaría la corriente nacionalista, derrotada, y que ello obligó a éste a cambiar su residencia de México a Francia. El conjunto de su novelística y varios de sus ensayos así lo demuestran. Parecía difícil que los grandes amigos de siempre ¾cofundadores de la Revista Mexicana de Literatura; prologuista y antologado, respectivamente, de y en la antología de narrativa Cuerpos y ofrendas (1972), etcétera¾ cumplieran un ritual así de macabro; pero las rarezas ¾y todo esto era bien raro¾ permiten la libre interpretación. Desde luego, la izquierda siempre interpretó este hecho como un "autoexilio", tal había sido el del pintor José Luis Cuevas, al que volveremos a referirnos más adelante. La doble posibilidad de que en un futuro cercano se le otorgue el Nobel al narrador y ensayista podrá ayudar a afinar estas conjeturas, analizando las circunstancias del momento en que se le otorgue, si llega a darse el caso. Otro de estos autoexilios fue de más corta distancia: de la ciudad universitaria al domicilio de Jorge Ibargüengoitia, el propio autoexiliado. El célebre autor no aguantó la "presión" que Monsiváis estaba aplicándole desde las páginas de la revista universitaria, insultándolo con epítetos zahirientes, en una actitud sólo un poco más majadera de la que Ibargüengoitia había tenido poco tiempo antes hacia Reyes, al hablar de su opereta Landrú. Esta obra había triunfado en la Casa del Lago, con puesta de Juan José Gurrola. Para muchos, no sólo la puesta en escena había sido genial, sino que la obra misma lo era.

Llegados al trabajo teatral, diremos que el mencionado Gurrola presentaba entonces éxito tras éxito en la Casa del Lago, mientras que Héctor Mendoza, José Luis y Juan Ibáñez ¾que no eran hermanos¾ y Ludvik Margules hacían lo mismo en otros foros universitarios. Héctor Azar seguía triunfando, como desde años antes, al frente del teatro universitario de "El Caballito", el primer teatro universitario "extramuros", que él mismo fundara. Los triunfos más célebres fueron los premios "mundiales" que Juan Ibáñez ganó en 1963 y en 1964, en Nancy, Francia, dirigiendo respectivamente Divinas palabras, de Ramón del Valle Inclán y Olímpica, de Azar. De la misma sonoridad fue la puesta en escena de El diario de un loco, de Nicolás Gogol, por la cual el director y actor Carlos Ancira, representando la obra rusa durante más de dos décadas, pero habiendo comenzado en 1966, se ganaría uno de los más altos lugares en la historia de histrionismo mexicano. Casi en silencio -por así decirlo-, sin financiamiento alguno y sin más aval que su calidad de alumno brillante recién egresado de la Escuela de Arte Dramático del INBA, Felio Eliel dirigió y actuó asimismo con mucho brillo varias obras de la corriente del absurdo en una pequeñísima cafetería de Mixcoac, que él mismo bautizó como "Teatro mínimo". Ya funcionaba entonces en Chapultepec el teatro de "El granero", del propio INBA, que había eliminado el escenario para no seguir imponiendo barreras entre el actor y el público. Pero Eliel representó además la entrada en México de la vanguardia "antiburguesa" proclamada por Max Reindhart, Edwin Piscator -y Peter Brook un lustro más tarde-, que ya en 1974 acabaría de conceptualizar Tadeusz Kantor en su obra El teatro de la muerte y que consistía, en primer término, en invitar a los habitantes de la zona para que hicieran suya de modo perenne la actividad teatral del espacio a su disposición.

Juan Ibáñez dirigió en 1966 la película Los caifanes, cuyo guión había escrito en colaboración con Fuentes. Estereotipadamente, Julisa y Enrique Álvarez Félix representaban a la burguesía nacional, aristocratizante, cerrada y empingorotada. Sergio Jiménez, Óscar Chávez, Ernesto Gómez Cruz y Eduardo López Rojas, del otro lado, eran la limpia y humorista alma del pueblo, el idealizado lumpen en ascenso desde las barriadas, dispuesto a tomar el país por asalto. Fuentes ya había adaptado para el cine su cuento Las dos Elenas, a fin de que el otro Ibáñez, José Luis, la dirigiera para el concurso de "Cine Experimental" de unos años antes. Éste hizo varias películas más como director, y obtendría más tarde un premio por su filme Amor, amor, amor. En el mencionado concurso, la película La fórmula secreta (Coca cola en la sangre), dirigida excelentemente por Rubén Gámez, obtuvo sólo un "Premio especial", no obstante haber sido la única que de veras buscaba caminos nuevos, temáticos y de expresión. Para como estaban las cosas políticamente en México, la crítica social en ella evidente, y la irreverencia tragicómica al símbolo del capitalismo nacional de filiación estadunidense debió de contar para su marginación hasta el enlatado rápido y definitivo.

Uno de los últimos reductos de la izquierda intelectual universitaria en la primera mitad de la década, desde la imprenta de la máxima casa de estudios, era el escritorio del viejo poeta comunista Jesús Arellano, quien en años anteriores había fundado varias revistas de importancia, como Metáfora. Ahora hacía la revista Letras de ayer y de hoy con las sobras del cartoncillo que la imprenta empleaba en sus trabajos oficiales. Es probable que una bella revista poética de entonces, Pájaro Cascabel, se inspirara en la de Arellano, pues eran las dos únicas que se publicaban en el material de desecho que referimos, aunque esta última lucía un atractivo "logo" a colores y el cartoncillo de su cuerpo era adquirido en el comercio por Thelma Nava, poetisa que era su directora a la vez que esposa de Efraín Huerta. En esta revista aparecieron poemas de Dionicio Morales, director de la misma junto con Nava. Morales, que había sido secretario de Pellicer en el Museo Arqueológico de Tabasco, y que era ya un poeta pluritemático y siempre fino, además de ensayista y estudioso del arte, habría de dirigir luego otra revista de poesía La vida literaria, junto con el mafioso Marco Antonio Montes de Oca, sin por ello asumir actitud excluyente alguna. Publicó durante la década los poemarios El alba anticipada (1965) e Inscripciones (1967), y sería incluido en 1969 en un sobretiro de la Comunidad Latina de Escritores. Desde las mesas de los cafés del centro de la ciudad de México el poeta y también editor Ernesto Mejía Sánchez hacía el interesante periódico de poesía Nivel, juego de pliegos doblados en cuatro que se desdoblaban para mostrar poemas y dibujos de viejos artistas y poetas, pero ya también de los jóvenes de la mafia. A Mejía Sánchez se había debido, durante la década anterior, el trabajo principal de compilación de la obra de Alfonso Reyes que Huberto Batis y Carballo publicarían en el FCE para desdecirse después parcialmente, burlándose incluso de sí mismos desde Radio UNAM ¾no sin dejar de burlarse del propio Alfonso Reyes, quizás por órdenes de Paz¾, según ellos mismos por haber pecado de mangas anchas con los papeles del maestro regiomontano. Por entonces, Huerta acumulaba poemarios que cuentan entre lo más importante de la respectiva producción nacional, y en los que mostraba sus variadas facetas de literato y de ser humano: Farsa trágica del presidente que quería una isla (1961), La raíz amarga (1962), El Tajín (1963) y Barbas para desatar la lujuria (1965). En 1968 Joaquín Mortiz le publicaría honrosa y reivindicativamente la compilación de su obra escrita desde joven hasta la fecha: Efraín Huerta. Poesía 1935-1968.

Una revista más de alta calidad fue Diálogos, fundada y dirigida por Ramón Xirau también en los sesentas. Xirau, filósofo católico, era entonces además el coordinador del CME, y su permanencia en él hasta muchos años después y sus ligas con la mafia sólo pueden explicarse por su gran prestigio de profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, del que carecía el "tránsfuga de la ingeniería" que había osado escribir la "segundona" novela -entre otras cosas por "policiaca", se atrevía a abundar la mafia- Los albañiles.

Una publicación periódica más que hacían jóvenes no ligados al grupo de Benítez, en su caso con ligas internacionales y tendencia más incluyente, era la prestigiosa revista El corno emplumado, de la poetisa norteamericana Margaret Randall y su esposo, el poeta morelense Sergio Mondragón. Esta memorable revista murió cuando Randall y Mondragón tuvieron a bien separarse.

En 1951, Alfonso Reyes y la norteamericana Margaret Sheed habían fundado el CME, primera institución que ofreció becas a aspirantes al ejercicio literario. Su fundación fue interpretada por la izquierda como un intento de mediatización a sus miembros, pues su patrocinadora inicial fue la Fundación Rockefeller y muy pronto lo fueron industriales mexicanos como Raúl Prieto, accionista de la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey. No desmienten esta suposición las becas otorgadas tiempo después a jóvenes como José Agustín, Leopoldo Ayala, Avilés Fabila y González Pagés (1965 a 1969), quienes si bien como ya hemos dicho formaban parte de la llamada generación de Mester, del taller literario de Juan José Arreola, habían sido asimismo miembros de la Juventud Comunista de México o de la Liga Comunista Espartaco, al igual que lo había sido Monsiváis en sus primeros tiempos. Y también Monsiváis fue becario del CME, sin detrimento de que jóvenes derechistas de siempre también lo fueran o fueran a serlo más adelante. Es el caso de Pacheco, de quien fue mentor en su adolescencia nadie menos que el propio Reyes, encargado, durante aquellos tiempos premafiosos, de dar el espaldarazo o negárselo a quienes aspiraban a ejercer cualquier rama de la cultura en el país. Aunque en tal sentido fue el primer Paz, su peso en la literatura mexicana es grande, y quizás ello cuente para que se lo recupere con todo su valor en el futuro, luego de que la propia mafia lo olvidó en el momento en que debía concentrar todo su esfuerzo en el brillo único de aquél con miras a la obtención del premio de marras.

En la década de los sesentas se reafirma la idea de hacer pequeñas editoriales que años antes Juan José Arreola había puesto en práctica con "Los presentes" y con "Cuadernos del Unicornio". En su segunda editorial, Arreola había tenido el acierto de lanzar a algunos de los más brillantes jóvenes de la mafia, como el ya mencionado Pacheco, y en la primera a alguien entonces no muy conocido pero después vital para las letras de habla hispana: Cortázar, a quien mencionamos al principio. Esta nueva clase de pequeñas editoriales hechas casi siempre por jóvenes, con recursos propios y solicitando por lo común la colaboración económica de quienes fueran a ser publicados por ellas, comenzarían pronto a conocerse como "marginales". Su nombre se debe a que no estaban patrocinadas -ni lo deseaban aún, como sí llegarían a desearlo tiempo después, llamadas ya "independientes"- por los organismos oficiales o privados relacionados con la industria respectiva. Casi todas estas editoriales pequeñas vivirían poco tiempo. Pero, por distintas circunstancias, algunas de ellas iban a tener incluso doble importancia histórica, además de la que su propia existencia significa, igual que lo había sido el caso, por ejemplo, de "Los presentes". La primera, desde luego, como ya se ha dicho antes, es la tercera que Arreola dirigió: "Ediciones de la Revista Mester". Su primer libro fue un bestseller y cuenta entre los títulos importantes del medio siglo, por haber inaugurado la que Margo Glantz llamó ¾con mucho disgusto del autor que en seguida refiero¾ "Literatura de la onda". Se trata de La tumba, de José Agustín, primeramente del grupo de los "Cafés Literarios de la Juventud" y de la hoja Búsqueda. Alguien más, impulsado por Arreola a través de esta editorial fue el joven Becerra, quizás el poeta mexicano más importante después de Gorostiza, Huerta y Pellicer. El primero y el tercero de estos poetas no necesitaban exégesis. Respecto de Huerta, no había nadie en México que descubriera entonces ¾o que quisiera difundir¾ el significado humanista del verso largo, que el poeta guanajuatense adoptó como un estilo constante en congruencia con su postura política, sin que ello significara el desprecio del verso corto, como lo demostraría unos años más adelante, cuando incluso acuñó los sentenciosos y joco-serios "poemínimos" que volvieron a significar otro estilo en el catálogo del formalismo huertiano. En igual situación estaba Becerra, cuyo uso fundamental ya no sólo del verso largo sino de la cacofonía, en una combinación heredada de Saint John Perse, significó una búsqueda de nuevos caminos para la poesía mexicana de su tiempo.

El asunto por el cual José Agustín se disgustó con Margo Glantz es algo más que un simple chisme: en 1969 había aparecido, con el marbete de Siglo XXI Editores, la antología Narrativa joven de México, hecha por el joven poeta Xorge del Campo, con prólogo de Glantz. En ella aparecía José Agustín, ya para entonces autor de una novela de gran difusión: De perfil, avalada por la casa editora Joaquín Mortiz, por convenio con Giménez Siles a través de Carballo, pues en principio estos dos se la habían pedido a su autor para la misma serie de "primeras novelas" en que se incluyó Mexicanos en el espacio, del toluqueño Carlos Olvera. Para dos años después la antología de Del Campo y Glantz se había agotado, y la profesora y editora universitaria lanzó la segunda edición, con el título de Onda y escritura en México: Jóvenes de 20 a 33, sin respetar la anterior selección de del Campo, y con un nuevo prólogo suyo que se esmeraba sobre todo por destacar a varios cuentistas de la mafia, a quienes ahora había incluido en el libro. La obra de los anteriores, jóvenes todos de la promoción de los años sesenta, para cuya divulgación había trabajado Del Campo, quedaron allí minimizados. Pero, sobre todo, Glantz aprovechó el nombre del cuento de José Agustín: "¿Qué onda?", para relacionar la literatura de varios jóvenes de esa generación con el consumo de drogas y para bautizarla en general como "Literatura de la onda". José Agustín rechazó fuertemente el calificativo así como la muestra de amafiamiento de Glantz y su acusación a los jóvenes escritores de la primera edición. Entre los señalados por Glantz estaban, desde luego, el propio José Agustín, además de Jesús Luis Benítez, el "booker", Gerardo de la Torre y el literato representante de los jóvenes que sobre todo mediante el consumo de drogas se apartaban del atildado camino anterior de la pequeña burguesía: Parménides García Saldaña.

 

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El grupo de Benítez comenzó a tener delegaciones en diversos puntos del país: sobre todo en la Universidad Veracruzana, con Sergio Galindo y su prestigiada revista La palabra y el hombre, y en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, con diversas publicaciones menos relevantes que la anterior en el ámbito nacional. En la Universidad de Guanajuato, ya casi para terminar la década, la mafia logró hacer una serie de libros muy bellos, entre los que contaban la Oración del 9 de febrero, de Reyes, y Cuaderno de escritura, de Elizondo.

El proceso educativo era cada vez más abierto y rico: el país podía presumir de que su presupuesto más alto era para la educación; se fortalecía impresionantemente el FCE, que bajo la dirección de Orfila Reynal había conquistado ya  la representatividad exclusiva de los intelectuales de México ante los de otros países del mundo. La crítica literaria impresionista había acabado por dejar el paso a la universitaria más avanzada, la que a la sazón seguía el pensamiento de los Sartre, los Eco o los Levi-Strauss, así como el de esa insólita luminaria de la Argentina que se apellidó Borges. Pero estas circunstancias comportaban otra grave contradicción: cada vez más restringidamente, sólo quien tuviese acceso al conocimiento extranjero, por la vía de los estudios universitarios o por la de la frecuentación de los círculos artísticos e intelectuales, podía escabullirse en la casa de los mafiosos.

            Y las filas del grupo de Benítez se cerraban en una ya clara derechización: desde las páginas de La cultura en México, los críticos de arte y los artistas plásticos mismos combatieron en un momento dado a Antonio Rodríguez, que escribía, además de en otros periódicos, en la parte "no culta" de la revista Siempre! Lo combatieron aun cuando este viejo comunista a veces estuviera de acuerdo con ellos y los alabara, y aun cuando hablara del arte abstracto -propio, en este caso, del grupo mafioso "Ruptura", que más adelante describiremos- como una poderosa y bella manifestación artística del siglo veinte. Para el efecto, los mafiosos fingían entender otra cosa en los artículos de Rodríguez, por demás claros. La causa real era que el crítico seguía exaltando también el muralismo mexicano, en México y en algunos países del extranjero que lo reconocían y donde encontró seguidores, cuando la mafia lo había declarado ya obsoleto y consideraba la mayoría de sus obras francamente estúpidas y nocivas.

Una situación por demás cómica fue que el supuesto carácter obsoleto del muralismo mexicano y sus seguidores -los miembros del "Taller de la Gráfica Popular", entre otros artistas- la expresaba con frecuencia el más vociferante de sus enemigos, el también figurativista y mafioso José Luis Cuevas. Éste llegó a bautizar como "Cortina de nopal" la actitud nacionalista de los artistas e intelectuales de izquierda, y la mafia entera aprovechó su desplante para extender dicho despectivo a toda postura distinta de la suya en torno a la exaltación de los valores propios, aunque muchas veces no se tratara de una postura chovinista -que desde luego algunos enarbolaban- sino que aceptaran también, como en el caso de Rodríguez, otros valores de circulación universal. Luego quedaría claro que esta actitud ocultaba en realidad la reprobación de toda postura distinta de la de la mafia, que mátalas callando, como ya hemos dicho, estaba permitiendo que penetrara en México la corriente estructuralista de derecha, con el propósito obvio de combatir el marxismo. La mafia decía que la Escuela Mexicana de Pintura adolecía de universalidad, altura que ellos sí tenían. Pero cualquier observador cuerdo encontrará que esta Escuela, cuyos antecedentes son nada menos que los muralismos prehispánico e italiano, tiene seguidores locales de importancia como Rufino Tamayo, Carlos Mérida, Francisco Moreno Capdevilla y Benito Messeguer, y repercute en el muralismo chicano y alemán e incluso en los modernos grabadores de Checoslovaquia y en un pintor tan específico como Fernando Botero. Por último, nadie podrá acusar de descabellada la conclusión de que en algo antecede, igualmente, al histórico Guernica, de Picasso.

Además, la actitud mafiosa contra la Escuela Mexicana de Pintura ocultaba la búsqueda del mercado norteamericano por parte de los artistas protegidos por Benítez -los abstraccionistas Lilia Carrillo, que también ostentaba trabajos con figuras humanas, Juan  García Ponce, Vicente Rojo y Rubén Felguérez, entre otros de diversas corrientes, con el ya mencionado Tamayo, también figurativista pero sobre todo muralista, como máximo exponente-. Aun teniéndolo a un tiro de piedra, estos artistas no hubieran podido acceder nunca al medio artístico de los Estados Unidos, el mayor mercado del mundo, si hubiesen tenido una actitud de reconocimiento al anterior arte mexicano nacionalista. Esto hubiera hecho suponer, entre otras cosas, su solidaridad implícita con los desplantes antiyanquis y procomunistas contenidos en la obra de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y los trabajadores del Taller de la Gráfica Popular.

El movimiento abstraccionista mexicano del grupo "Ruptura" prescindió de toda justificación teórica que no fueran los comentarios convencionales de críticos extranjeros tan abstractos como la propia plástica que propugnaban, y por ende confusos. El teórico que ofrecía entonces una explicación lógica de ese estilo pictórico era el inglés Herbert Read, pero la mafia no se escudó en él porque era marxista y porque su postulado de la "Educación por el arte" daba la posibilidad de hacer accesible a cualquier persona el hecho artístico, contraviniendo en consecuencia el carácter elitista del propio grupo de Benítez. Extrañamente, tampoco Rodríguez adoptó nunca el postulado de Read, no obstante que en él podían encontrarse fundamentos estéticos para oponerse seriamente a lemas como "No hay más ruta que la nuestra", de Siqueiros, que al fin y al cabo era, sin que lo dijese, el propio postulado de la mafia, en este caso a favor del abstraccionismo que les servía de parapeto para postularse a favor del "arte por el arte". Pero Rodríguez no creía en la psicología, y la teoría de Read se basa en la de los "tipos psicológicos", del alemán Carlos Gustavo Jung. De tal modo, sin darse cuenta, Rodríguez acabó por ser una pieza más al servicio de la mafia a la que siempre combatió muy vigorosamente en el terreno de lo racional.

Pero, sobre todo, a Read lo acalló siempre Paz, hasta declararlo finalmente errado y loco poco antes de morir, en la revista Vuelta. De algún modo también, implícitamente, Paz declaró que no había más ruta que la suya: la libertad sin conciencia ni estructura ideológica que la sostenga.

En concordancia con estas vicisitudes del medio plástico, que en un centralismo tan nocivo como el económico sólo se manifestaba en la ciudad de México, Cuevas se burló cierta vez de un grupo de pintores figurativos que habiéndolo invitado a él se lanzó a la conquista del público capitalino con el nombre de "Interioristas", pues su postulado era el de una pintura que buscaba expresar lo recóndito del ser humano. Cuevas hizo sentir que consideraba a aquellos pintores -entre los que estaban José Hernández Delgadillo y el muralista Messeguer- como unos oportunistas que buscaban colocarse en el medio a costa suya, y los llamó "Inferioristas". El hecho de que Cuevas, como toda la mafia, reconociese siempre al muralista Tamayo, evidencia que el asunto no era del todo de carácter estético, sino sociopolítico y, más claramente dicho, ético. De ese carácter eran también los temas caros a la Escuela Mexicana de Pintura y a sus seguidores. En lo personal, Cuevas tenía una razón fuerte para atacar a los viejos muralistas Rivera y Siqueiros -a Orozco le perdonaba la vida-: ellos habían obstaculizado su camino, declarando que no sabía pintar. Pero, por sus intereses personales, Cuevas trataba de hacer de un asunto particular un hecho de cultura, y lograba hacerlo con la ayuda de la mafia.

De Cuevas es necesario decir, sin embargo, que fue famoso no sólo por su singular estilo artístico -el cual, se decía, era en primera instancia producto de su conocida incapacidad para dibujar-, sino por su generosidad hacia los jóvenes. Sin importarle que esos jóvenes estuvieran o no de acuerdo con su pensamiento ni que fueran o no bien vistos por Benítez o cualquier otro mafioso, nunca dejó de satisfacer sus peticiones de dibujos para carátulas de libros o revistas. Se pareció en esto a Borges, que no escatimó sus prólogos a la obra joven, sin parar mientes en la consecuente crítica negativa a sí mismo o a la obra que prologaba. O, mejor aún, se pareció en esto al ya citado Picasso, quien firmaba las litografías suyas que la gente le mostraba, habiéndolas adquirido en el comercio, con tal de que fueran de calidad, y quien llegó al extremo de firmarle alguna vez una a un falsificador, por lo bien hecha que estaba, advirtiéndole a éste que se la firmaba en el entendido de que no habría de atreverse a falsificarlo de nuevo, a riesgo de que el propio maestro lo enviara a la cárcel.

También debe decirse de Cuevas que, como Fuentes en otro momento, fue hostilizado severamente por la mafia, hasta obligarlo a partir al extranjero dando muestras de una gran desilusión por "México". Más tarde parece haberse arreglado otra vez con su grupo, por cuanto regresó. No ocurrió lo mismo con Fuentes. Pareciera que Paz tuvo que ver directamente en ello, pues mientras que Cuevas no le representaba ningún obstáculo para la obtención del Nobel, Fuentes sí podía serlo. El novelista sólo regresó en realidad al panorama cultural mexicano poco después de la muerte del poeta. ¿Es posible ejercer un poder así? El hecho de que todos los brillantes jóvenes escritores de la mafia hayan terminado recluidos en el silencio, parece reforzar este supuesto. Sólo García Ponce quedaría a salvo de esta acusación, que no deja de sugerir una autocastración. García Ponce sacaría años después varios libros de crítica, como producto del largo tiempo de la incapacidad física en que cayó a finales de los sesentas.

Otro caso es el de Rodríguez, que además de valorar a los muralistas, incluido Tamayo, y a los Interioristas, explicaba siempre al público interesado en el arte los valores plásticos de los artistas mexicanos contemporáneos, sobre todo desde las páginas "no cultas" de Siempre!, pero ya también desde su célebre columna diaria del periódico El Día llamada "Con tintas negra y roja". Este nombre no sólo era una alusión a la tradicional bandera de la huelga, como le parecía a quienes no se movían en el mundo del arte, sino a los orígenes de la pintura: las "manos en negativo" de las cavernas paleolíticas que presentan precisamente un contorno de uno u otro de esos colores. Del abstraccionista Felguérez dijo cierta vez Rodríguez que era un verdadero artista porque veía belleza donde otros no la veían, refiriéndose a la chatarra oxidada de que aquél se había valido para hacer un mural en un balneario. La mafia atacó al crítico como si hubiera reprobado al chatarrista. Cualquier buen lector -y los había-entendía el fondo de esta actitud.

A la par de su negación de Rodríguez y de quienes aún emplearan el método dialéctico para sus valoraciones estéticas o intelectuales, hemos dicho que la mafia introducía poco a poco en México el estructuralismo de derecha, herramienta de análisis que Paz avalaría y que se adueñaría por completo de nuestro medio intelectual después de la masacre de 1968 para anular los resabios de marxismo que aún pudieran quedar en el ámbito universitario, y entre los periodistas u otros comunicadores como los de la televisión, a quienes había que controlar a fin de que no se colara entre ellos gente de esa postura y llevara su mensaje de oposición real al sistema. De un solo golpe, podía involucrarse a los sin duda muchos millones de televidentes mexicanos. De nuevo, el paladín de esta cerrazón neoporfirista fue Paz. En una actitud emparentada con el caso de Rodríguez, el poeta siempre en busca del Premio Nobel había venido declarando que los temas sociales eran incompatibles con la poesía y sólo reconoció a Efraín Huerta, como ya también antes lo hemos dicho, cuando ya el comunismo se había debilitado y la voz política del poeta de izquierda había dejado de tener peso real, como la de todos los intelectuales izquierdistas de su generación, quienes escribían en los para aquel entonces ya altamente mediatizados periódicos que antes habían trabajado al borde de la radicalización.

El líder soviético Nikita Krushev iba conduciendo muy bien el barco del socialismo por las tensas refriegas de las postrimerías de la guerra fría, y poco antes había quedado como héroe mundial al retirar los misiles rusos instalados en Cuba, luego de obligar a los Estados Unidos a comprometerse a no combatirla más con las armas luego de la fracasada invasión de Bahía de Cochinos. De pronto Kruschev sorprendió al mundo con una absurda tesis de orden estético en la que respaldaba los postulados neoestalinistas de un señor Zdanov, nueva y empobrecida versión de Gueorgui Plejánov, por los que el único arte válido podía ser el llamado "realismo socialista".

Horacio Juván, siempre atento a los "tópicos de actualidad" en materia de cultura, convocó a una mesa redonda sobre el particular en el café "San José", de San Juan de Letrán -después "Eje central "Lázaro Cárdenas"-, en la que debían participar él mismo y otros cuatro de los miembros de los "Cafés Literarios de la Juventud": Avilés Fabila, José Agustín, Gerardo de la Torre y Vicente Granados, amigos desde antes entre sí, más González Pagés, que por invitación de Avilés Fabila se conoció entonces con todos. Como dos de estos jóvenes militaban en la Juventud Comunista, y ellos no habían invitado a nadie de su organización, se dejaron caer en el "San José" algunos jerarcas del Partido Comunista Mexicano, Antonio Karam y Manuel Terrazas entre ellos. Rodríguez, maestro de González Pagés, invitó a otros críticos y a algunos artistas del Taller de la Gráfica Popular. Durante la discusión, un crítico de apellido Marroquín, viejo comunista ortodoxo, dijo una frase clave para entender el fenómeno del arte, independientemente de la postura que se tuviera ante la evidente limitación jrushoviana y su contrapartida de aquella noche, que fue el arte abstracto de los pintores de la mafia, y el de los figurativos Rufino Tamayo y José Luis Cuevas. Marroquín dijo que el verdadero problema sobre el que giraba la creación artística del México de entonces, al margen de los valores que sin duda tenía el arte abstracto, debía buscarse no sólo en el orden estético de la obra, sino en el orden ético de los artistas, a riesgo de caer en complicidad con quienes querían acabar con el mundo. El presente trabajo muestra que seguimos agradeciéndole a Marroquín aquella frase iluminadora con la cual nos puso de frente al pensamiento de Croce y sus tesis sobre la ética y la política y sobre la personalidad del artista, inseparable de su conciencia moral. Y tal frase de Marroquín, unida a la crítica fundamental que se desprende del título del libro marcusiano El hombre unidimensional... y al postulado de Mao Tse-Tung, anterior a la lamentable "revolución cultural", referente a permitir el florecimiento de "cien flores", habrían de conformar el marco de referencias en el que nos basamos para interpretar los hechos que venimos refiriendo. Dicho sea de paso, la metáfora de "las cien flores", que también Rodríguez venía postulando, habría de estimularnos a adoptar de inmediato el pluriestilismo como método de creación, investigación y enseñanza. La primera aplicación conjunta la hicimos en los talleres literarios del IPN, a los que nos referiremos después con mayor amplitud.

No nos resulta útil considerar aisladamente el arte, como fenómeno meramente estético, para establecer los parámetros de la situación cultural mexicana, ni de ninguna otra parte, en un mundo amenazado cada vez más por el autoexterminio de la raza humana. No es útil historiar el arte fuera de su contexto ético, al menos desde el momento en que Arnold Hauser se pronunció por lo contrario en su Historia social de la literatura y el arte, que sería publicada en español por la editorial Alfaguara, precisamente al término de la década a que nos referimos. Es necesario este planteamiento para explicarnos los actos de los individuos y los grupos a quienes ha tocado ser actores culturales, pero sobre todo para conocer las consecuencias de esos actos, e influir en lo posible en la continuidad de las constructivas y en la cancelación de las destructivas.

Posteriormente a aquella sesión, en la que todos menos los jerarcas comunistas condenaron la postura del primer ministro soviético ¾y por la que al menos González Pagés no volvió a ser convocado a las reuniones de su club comunista¾, fueron llegando a los "Cafés" nuevos jóvenes como Alejandro Aura, Elsa Cross, Alberto Bojórquez ¾cuyo camino final sería la dirección de cine¾, Jorge Arturo Ojeda, Luis Acosta, Raúl Cáceres Carenzo y Guadalupe Cárdenas, quienes habrían de publicar por primera vez en la hoja literaria Búsqueda, próxima a aparecer, o en la todavía lejana Volantín. Desde Rusia, donde vivía con su esposo, Eraclio Zepeda, Elba Macías enviaba poemas que finalmente iban a quedar en la revista Mester. También desde la noche de la discusión sobre Krushev se unió al grupo Olivia de la Torre, pero esta poetisa y pintora no publicó en la mencionada hoja y sólo comenzaría a hacerlo en  libros mucho tiempo después. El otro De la Torre del grupo, Gerardo ¾sin parentesco con la anterior¾, publicó en Búsqueda algunos textos en 1964, y publicaría el conjunto de cuentos El otro diluvio en 1968. Luego sería antologado en Narrativa joven de México, en 1969 y en Onda y escritura, de 1971, para ya en los años setenta convertirse en novelista. Así como José Agustín se destacó pronto en la prosa, Aura se destacó pronto en el verso. En 1967 fue incluido en el volumen colectivo Poesía joven de México, de Siglo XXI Editores, al lado de Becerra, Ayala y Raúl Garduño ¾que moriría pronto, como Becerra, marcando asimismo una pérdida significativa para las letras nacionales¾, y dos años después la UNAM le publicó el poemario Alianza para vivir. También publicaron en Búsqueda autores que no eran del grupo. Fue el caso de Gustavo Sainz, quien entregó como primicia un capítulo de Gazapo, la novela que acababa de terminar como producto de la beca del CME. Sin que mediara enfriamiento alguno en sus relaciones personales con los demás autores de los "Cafés", José Agustín, Avilés Fabila y Gerardo de la Torre consideraron conveniente retirarse un tiempo. Antes de seguir adelante, cabe recordar que desde las páginas de la Revista de Universidad de México Flores Olea y González Pedrero criticaron demoledoramente la postura kruscheviana, el primero casi con puntos de vista marxistas.

Búsqueda, "la hoja del libro que no le publica(ba)n a la generación nueva" ¾en primer término porque ninguno de sus miembros se lo había solicitado a nadie¾ lucía una flamante sección periodística planeada para llenarse con entrevistas a distintos maestros. Estaba a cargo de González Pagés, quien publicó las que le hizo a Rodríguez y a Emilio Carballido, maestros suyos en los talleres que su "Club de escritores juveniles" solicitó al Departamento de Difusión Cultural del IPN en 1959. La siguiente, hecha a Juan José Arreola, ya no pudo publicarse, porque fue entonces que la hoja "colapsó", como hoy se dice, ante la crisis económica de sus editores. Cabe decir que José Pagés Llergo, familiar del entrevistador, cubrió la deuda de la imprenta para que el número 8 pudiera salir a circulación, y que ofreció a los editores seguir apoyándolos económicamente mientras ellos conseguían otro trabajo que él, desde luego y con toda razón, aún no podía ofrecerles en su revista. Pero el generoso ofrecimiento no pudo verse realizado, porque el administrador de Siempre!, Antonio Pagés, no obstante ser un "tío padredimensional" del propio entrevistador, se negó terminantemente a que el semanario de su responsabilidad financiara lo que consideraba un simple producto de la vagancia.

La entrevista de Arreola fue finalmente publicada por El Gallo ilustrado, suplemento dominical de El Día (enero de 1964), lo que dio origen a la actividad periodística de González Pagés. Todo esto no tendría mayor importancia a no ser porque muestra la apertura del periódico de Enrique Ramírez y Ramírez hacia los jóvenes ¾Juván comenzó a publicar también allí por aquellas fechas¾ y porque al entrevistar González Pagés al maestro de Confabulario y varia invención fue invitado por él a integrarse con todo y su grupo al taller que estaba formando en su casa, debido a que muchos aspirantes a becarios del CME no alcanzaban el beneficio de la beca aunque prácticamente la merecían, debido a que el presupuesto del Centro era muy limitado. González Pagés pasó la voz en los "Cafés", y el taller de Arreola se incrementó en buena medida. En ese taller volvieron a encontrarse con José Agustín, con Avilés Fabila y con Gerardo de la Torre, para compartir poco después las páginas de la revista Mester. En el intervalo, como ya hemos dicho, el grupo de los "Cafés" publicó la hoja Voces nuevas y poco después publicaría la revista Volantín, patrocinadas las dos por el INJUVE, cuyo Departamento de Difusión Cultural estaba a cargo del director teatral Javier Rojas, con la asesoría del antiguo y "último contemporáneo" Elías Nandino. En Volantín, además de los miembros del grupo de los "Cafés", acompañados por Jacobo Glantz, ahora reunidos todos bajo el rubro de "Seminario de estudios literarios del INJUVE", colaboraron los queretanos Alcocer y Chávez, a la vez que miembros del taller de Arreola como Juan Tovar, que durante la década publicaría varios importantes libros de cuentos. En Los misterios del reino (1966), concretamente, maneja el improperio con la austera eficacia del maestro que sabe equilibrar los elementos narrativos para mostrar la angustia humana, respetándola a profundidad. También publicaron en Volantín Eduardo Rodríguez Solís, Ayala ¾que además de su ya mencionado poemario de 1962 publicaría en 1967 El herrero del cuerpo y sería incluido en el importante libro colectivo Poesía joven de México¾, Antonio Delgado, Federico Campbell ¾quien en la siguiente década fundaría la importante editora marginal "La máquina de escribir"¾, Antonio Leal, Argelio Gasca y Rafael Rodríguez Castañeda, y también poetas o cuentistas ya consagrados como el propio Nandino, Edmundo Valadés, Efraín Huerta y Jaime Sabines, que al principio de la década había publicado su insigne libro Diario semanario y poemas en prosa (1961), y que cerraría su producción de la misma poco después (1967) con el nuevamente insigne Yuria, pero que en aquel mismo año (1964) acababa de publicar su poema más célebre, orgullo de generaciones enteras de mexicanos: Algo sobre la muerte del mayor Sabines, donde la irreverencia a las formas tradicionales, sobre todo a la métrica, se revela como una irreverencia a Dios, que está "contento" por haberle arrebatado a su ser querido.  También publicaron en dicha revista Thelma Nava y tres de los poetas del grupo "Nadaísta" de Colombia, recién conocidos en México: Gonzalo Arango, Mario Rivero y  Darío Lemos. Se dieron a conocer en Volantín varias obras del libro Cuentos breves y maravillosos, recientemente publicado en El Salvador por Álvaro Menén Desleal, y participaron becarios del CME como Raúl Navarrete, así como el poeta guerrillero Roque Dalton.

También a principios de la década, pues, junto con la revista Política, de Marcué Pardiñas, Ramírez y Ramírez, de la antigua guardia comunista, consiguió para él y su grupo de sobrevivientes la concesión gubernamental del periódico El Día, de avanzado diseño de origen europeo y en cuyas páginas se dio cabida desde su principio a los jóvenes izquierdistas y se les seguiría dando años después a los simpatizantes de las causas de la represión de 1968. Sin embargo una medida de la ya para entonces potencial anulación de toda esta corriente de pensamiento fue la pronta adopción de la postura centro-derechista por parte de Ramírez y Ramírez, quien como pago lógico e inevitable del favor recibido se afilió públicamente al Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Regresando a las artes plásticas, hacia la mitad de la década de los años sesenta madura un grupo de grabadores egresados de las escuelas de arte de la UNAM -la Academia de San Carlos- y de la Secretaría de Educación Pública (SEP) -la Escuela Nacional de Artes Plásticas "La Esmeralda"-, e incluso algunos de ellos hacen estudios de especialización o "perfeccionamiento" en algunos países europeos. Para Rodríguez la calidad de su obra era indiscutible, y les abrió las puertas de la galería de exposiciones del Departamento de Difusión Cultural del IPN, del que era Jefe y donde junto con González Pagés y Edmundo Domínguez Aragonés fundó la revista cultural IPN, que vive hasta la fecha y de la que el propio Benítez hubo de decir que se trataba de "una buena revista". Era aquélla sobre todo una obra abstracta en cuanto al estilo, realizada como aguafuertes al azúcar. En el referido grupo de grabadores participaban artistas jóvenes como Ignacio Manrique, Carlos Olachea, Susana Campos, José de Jesús Martínez y Francisco Pérez Vega, todos quienes, a excepción de Olachea, que falleció prematuramente algunos años después, habrían de convertirse más tarde en la plana fundamental de profesores del arte del grabado mexicano, herederos de su maestro común Francisco Moreno Capdevilla. Esta circunstancia, unida al hecho ya comentado de que Rodríguez alababa la obra de los abstraccionistas de la mafia, queda como testimonio de que nuestro país contaba durante los años sesenta con una serie de críticos de arte de primera línea, no tanto porque gustaran del arte abstracto -que, desde luego, como venimos viendo, gustaban de él-, sino porque este gusto suyo se aunaba sin prejuicios al del pasado pictórico de México. Además de a Rodríguez, puede nombrarse a este respecto a tres mujeres que también ejercían entonces con pujanza la crítica de arte: Alma Reed (biógrafa de José Clemente Orozco), Bertha Taracena y Malkah Rabell, quienes al igual que Rodríguez nunca cobraron suficiente popularidad entre el público culto de la década por haber sido soslayadas y, cada vez más, minimizadas por la mafia.

Una actividad de promoción literaria de Rodríguez y González Pagés en el IPN incluyó certámenes anuales de cuento y la publicación de varios títulos, algunos derivados de esos mismo eventos. Se dio a conocer entonces Humberto Guzmán (1967), que después maduraría más bien como novelista. Jaime Labastida publicó en aquella serie su ensayo El amor, el sueño y la muerte en la poesía mexicana (1969), cuya segunda  edición correría a cargo de Siglo XXI en 1973.

Como ya dijimos, una vez en la revista Siempre!, el grupo de Benítez habría de adquirir durante un corto tiempo el aura de izquierdista, debido a que el dicho semanario gozaba de ese prestigio simplemente por ser de una relativa oposición al contar en su plantilla de colaboradores con algunos exponentes "taquilleros" de izquierda. El ya mencionado Rodríguez, Pablo Márquez, José Alvarado y Luis Suárez entre ellos. La de Pagés Llergo ¾y no hubiese podido ser de otro modo-, era una revista de centro-derecha que estaba sobre todo al servicio de la presidencia de la República, haciendo alarde de una libertad que en realidad sólo era relativa: si alguna vez el "Jefe Pagés" se excedía en críticas, el Siempre! sufría, como cualquier otro periódico mexicano, la inmediata restricción en el surtimiento del papel. Había quien opinaba que su revista sólo le hacía el juego al gobierno, criticándolo en asuntos no fundamentales, para mantener el prestigio de izquierdista y paladín del periodismo de oposición en el país. Estando así las cosas, algunos de los mejores escritores jóvenes del momento, entre ellos Salvador Elizondo, el más interesante de todos, definieron en definitiva su postura derechista al fundar la revista S.Nob, con la que se revelaron ante todo partidarios de un personalismo que en nada se relacionaba con la característica fundamentalmente socializante del marxismo. En forma complementaria, los profesores universitarios hegelianos, incluidos los miembros de la "Santísima Trinidad", fundaron entonces una revista homóloga de carácter político, que ya en su nombre mismo se presentaba como oportunista: El observador.

Las corrientes artísticas, aun estando a veces contra la Escuela Mexicana de Pintura y contra la literatura nacionalista, se apoyaban en ellas. En la UNAM se exaltaba a Martín Luis Guzmán, a Ricardo Pozas, al indigenismo. Se recibía a Rulfo, a Fuentes y a Revueltas; se habla de B. Traven, de Ramón Rubín y de Valadés. La mafia no decía ni sí ni no en un momento en el que cundían los movimientos universitarios por el bloqueo de los norteamericanos a Cuba.

Algunos viejos periódicos capitalinos albergaban a la vieja guardia de intelectuales de izquierda en sus suplementos dominicales de cultura: El de El Nacional (el periódico del gobierno, que en algún momento anterior había dirigido Benítez), dirigido por Juan Rejano; El Gallo Ilustrado, de El Día, ya mencionado y dirigido por Armando Romero primero y después por Domínguez Aragonés. Este periódico fue el primero, además, en entregar a sus lectores una plana diaria de cultura. Al lado de escritores de la vieja guardia, dichos periódicos incluían la obra de escritores nacientes, entre los que algunos alcanzaron a ser calificados positivamente por el grupo de Benítez mientras que otros fueron reprobados. El mote de "La mafia" pudo haber sido ocurrencia de Rodríguez. Al menos, su popularización sí lo fue, pues el crítico se refería siempre así a ese grupo al polemizar con él. Benítez y los suyos parecieron aceptarlo de buen grado.

Otros suplementos culturales de viejos periódicos capitalinos iban siendo invadidos cada vez más por los jóvenes derechistas: la Revista de la semana, de El Universal, dirigido por Gustavo Sáenz, y el de Ovaciones, dirigido por Carballo, y comenzaron, al igual que La cultura en México y la Revista de la Universidad de México, a marginar a la intelectualidad de izquierda. Debido a esta actitud excluyente se recordaban entonces hechos vergonzosos que habían marcado -ahora sabemos que para siempre- el camino intelectual del país: Paz y Antonio Castro Leal, en 1953, excluyeron a Huerta ¾que había publicado Los hombres del alba en 1944¾ de la antología La poesía mexicana moderna que mostró por primera vez ese hecho artístico en Europa, y el suplemento de Siempre! ignoraba olímpicamente a críticos de arte ya aquí recordados como Reed y Rodríguez, que habían sido voceros de la Escuela Mexicana de Pintura. Para suplirlos, echaron mano en primer término de Luis Cardoza y Aragón, "esteticista" del grupo desde una década antes, que no ofrecía los problemas ideológicos de aquéllos.

A mediados de los años sesenta irrumpirían algunas editoriales "marginales", y que fueron en primer lugar la respuesta de muchos autores jóvenes que comenzaban a sentir los efectos del amafiamiento del grupo de Benítez, con la consecuencia principal de no poder aspirar a ver incluido su nombre en las listas de autores de las grandes editoriales FCE y Siglo XXI, dominadas por la mafia, y dudando que pudieran verlo tampoco en la de Mortiz, cuyo dueño, Joaquín Diez Canedo, pese a haber sido subordinado de Orfila Reynal en el FCE, tenía una actitud del todo abierta a los nuevos autores, pero que por el exceso de largura de su lista de espera estaba tardándose mucho tiempo en dar salida a los títulos comprometidos. Es importante insistir en que este hecho era un resultado de la masificación de la tarea educativa, derivada del ordenamiento constitucional de la obligatoriedad de la escuela primaria y que, como después veremos, habría de llegar a una contradicción tal que las producciones masivas literaria y editorial en forma de trabajos marginales fueron por su parte una expresión de las condiciones que harían estallar el conflicto político del 68, mismo que la clase social en el poder y sus gobernantes sólo podían -y querían, de seguro- resolver por la vía de una represión históricamente definitiva.

Además de las series de títulos hechas por Arreola ("Cuadernos del unicornio" y "Los presentes"), y el mafioso Huberto Batis ("Cuadernos del viento"), el grupo de los "Cafés literarios de la Juventud" editó en 1966 y 1967 tres títulos bajo el marbete de "Olin, revista de cultura". Éstos fueron los poemarios Naxos, de Elsa Cross, miembro del grupo, Este viaje, de Óscar Villegas Borbolla, y  Diez colores nuevos, del poeta guatemalteco Otto Raúl González. Éste era además narrador y ensayista, había sido colaborador del presidente Arbenz y había publicado títulos tan célebres como el laureado Voz y voto del geranio (1943) y que durante la década publicó además Hombre en la luna (1960), Para quienes gustan oír caer la lluvia en el tejado (1962) y Cuchillo de caza (1964), y cuyo poema "Cantata por el Che Guevara" fue incluido en una antología cubana sobre el prócer revolucionario (1969)¾ También publicó este grupo entonces dos primeros libros de otros tantos miembros del grupo: el ya mencionado Los pájaros del viento, poemas en prosa y cuentos cortos de González Pagés, y el poemario Astillas, de Rafael Riquelme. A estas pequeñas editoriales, "informales" más que "marginales", seguirían la década siguiente otras más, como la ya mencionada "La máquina de escribir", de Campbell. Otra de ellas fue "Ediciones El Mendrugo", dirigida por Elena Jordana, la cual daría la sorpresa de ser una empresa multinacional que publicó tanto en los Estados Unidos como en Argentina y en México. Su lista de títulos resultaría sumamente contradictoria a futuro, pues luego de encabezarla en la sección mexicana nadie menos que Paz, y contar con nombres de peso como los de Ernesto Sábato, Nicanor Parra y Juan de la Cabada, además del escritor e importante pintor español Felipe Orlando y el poeta cantante o "cantautor" Atahualpa Yupanqui, incluía asimismo al también mafioso Marco Antonio Montes de Oca, a la propia editora y a los jóvenes de los "Cafés" González Pagés y Avilés Fabila, además de a otro miembro del taller de Arreola, Arturo Guzmán, a un alumno de González Pagés, Guillermo Samperio, y a dos jóvenes también nuevos: Alejandro Sandoval y José Joaquín Blanco. La mayor contradicción la representaba sin duda el poeta cubano eminentemente castrista Fayad Jamís, agregado cultural de la embajada de su país en México.

Efraín Huerta, pues, y José Revueltas, fueron dos prominentes escritores de la izquierda que la derecha tomó para, mediante su marginación, decirle a México y al mundo que la cosa iba en serio por el lado del capitalismo. Aun así, ellos estimulaban encuentros interesantes ajenos a los "de alto vuelo", con invitados famosos, que la mafia organizaba en los medios universitarios. Uno de esos eventos fue el "Primer Encuentro Latinoamericano de Poetas", organizado en 1964 por el argentino Miguel Grinberg. La sede fue el "Club de Periodistas de México", que poco antes había sido creado por Rodríguez, a quien el presidente López Mateos, compensatoriamente, le había donado para el desarrollo cultural del medio periodístico un bello inmueble histórico del centro de la capital. En aquel encuentro los miembros de los "Cafés" conocieron a Huerta y a Fernández Iglesias, de Toluca. A Pellicer se los presentó Huerta al organizar un "Mitin poético" en Querétaro, en el que los maestros no sólo prodigaron su poesía al público, sino su generosa amistad a los jóvenes que se iniciaban en el oficio de escribir.

Las circunstancias hacían surgir nuevos periódicos derechistas de apariencia izquierdista, aunque ya más bien matizados por el concepto de "avanzada" o de "vanguardia". El ejemplo más destacado llegaría a serlo Plural, revista de Excélsior fundada y dirigida por Paz en 1971, que desde luego excluyó a la otredad revolucionaria. Esta revista afrontaría después un conflicto grave cuando la cooperativa de Excélsior, aún dominada por viejos comunistas, corrió a su director, Julio Scherer García y salieron todos para crear la revista política  Proceso y la revista cultural Vuelta. La primera semeja ser de izquierda, como su combativo antecedente de nombre Política, que en la época de López Mateos dirigía Manuel Marcué Pardiñas y que había muerto antes por un mal de nuevo cuño: la "falta de presupuesto" que poco a poco iría volviéndose más común para anular toda manifestación mayor o menormente disidente. Una prueba es la adopción paciana, en las páginas de Plural, de algunas de las tónicas que el grupo brasileño "Noigandres", de poesía concreta, había postulado en 1956 desde Sao Paulo un minimalismo poético de carácter constructivista. Diez años después de aquella oportunidad, Matías Goeritz pondría la primera exposición internacional del tema en México, en la galería universitaria "Aristos". El libro Topoemas, de Paz, fue producto de su participación en ella. En uno de los primeros números de la revista paciana se incluía una muestra de poesía concreta y en el número 7 aparecieron poemas concretos de Montes de Oca, acompañados de un artículo acerca de la poesía visual hispanoamericana. En este artículo, de supuesta apertura universalista, se omitió todo comentario sobre la corriente derivada de "Noigandres" que se llamó "Poema proceso", capitaneada por el brasileño Wlademir Días Pino, movimiento de poesía iconográfica que llegó a tener manifestaciones cuya distinción particular era un contenido antidictatorial y antiarmamentista. Obviamente, la "pureza" de Paz no iba a permitirle rozarse con tan impuros contenidos.

En la UNAM se comentaba ampliamente que todos los periódicos, incluyendo los de izquierda mayor o menormente moderada, eran financiados por el gobierno para mantener la apariencia de un juego democrático y de una verdadera libertad de expresión. La postura de México respecto del conflicto de Cuba en Punta del Este, Uruguay, era interpretada como de izquierdista y provocadora por los norteamericanos y la burguesía mexicana, mientras que se la calificaba de derechista y vergonzosa por los universitarios de izquierda. Los dos tenían razón, pues se trataba del eterno juego de contradicciones gubernamentales entre las políticas exterior e interior de México.

Con todo esto, el clima político cultural se iba radicalizando hacia la izquierda y surgían los grupos "extremistas" de Víctor Rico Galán, y la Liga Comunista "Espartaco", de Revueltas, esta última declaradamente trotskista y ambos animados sobre todo por jóvenes estudiantes y artistas de raíz universitaria. Sus dos líderes habrían de padecer la cárcel, acusados de disolución social, así como Siqueiros, aún preso, había sido acusado de subversión.

Nada le importó a la intelectualidad derechista mexicana, bien respaldada por el presidente López Mateos, que Pablo Neruda la pusiera en vergüenza ante el mundo, luego de visitar nuestro país y ofrecer varios recitales -de tumultuaria asistencia, desde luego-, al heredarnos el conocido poema "A Siqueiros, al partir":

 

Aquí te dejo con la luz de enero

el corazón de Cuba libertada...

 

...He visto tu pintura encarcelada,

que es como encarcelar la llamarada...

 

...Y me duele al partir el desafuero.

Tu pintura es la patria bienamada,

¡México está contigo, prisionero!

 

            Había además otro camino para el desarrollo de la literatura mexicana, patrocinado por la corriente extranjerizante que ofrece, después de la beca del CME, la beca Guggenheim. Y estaba también la corriente patrocinada por el gobierno de México en los periódicos, que finalmente se conjugaban, porque los intelectuales patrocinados por la Presidencia eran quienes aprovechaban las becas del CME, sin que nadie, desde luego, pudiera poner en duda su calidad. Esos jóvenes empezaron entonces a hacer sus libros, los cuales perduran hasta hoy. Son libros memorables, publicados sobre todo por una nueva casa editora al servicio de la mafia: la editorial ERA, que a la importancia de los títulos que publicaba -Elizondo: Narda o el verano; Pacheco: El viento distante, por mencionar sólo dos- sumó el mérito de continuar el concepto moderno y muy afortunado de carátula que ya habían iniciado el FCE en su "Colección popular", Mortiz en su serie "El volador" y Siglo XXI en varias de sus colecciones. Un dato curioso es que la "R" central del nombre editorial "ERA" corresponde a uno de sus socios, el pintor abstraccionista y desde luego mafioso Vicente Rojo, fino y culto diseñador y editor de la revista universitaria y colaborador constante de Benítez desde una década antes, en La cultura en México.

Giménez Siles también había traído a México la versión íntegra de Las mil  y una noches, libro al que en un "golpe editorial" llamó borgesianamente Las mil noches y una noche. A mediados de la década, Empresas editoriales da el suyo, consistente en una serie de autobiografías de jóvenes escritores (Elizondo, Monsiváis, Tomás Mojarro, José Agustín, entre otros), en imitación del también "golpe editorial", éste de carácter internacional, que poco antes había sido la Autobiografía precoz, del poeta ruso Eugenio Evtushenko, en la cual abundaba en los horrores de la época estalinista. Incluso una editorial tan derechista o si se quiere tan comercial como Novaro, que era la traductora de las historietas de Walt Disney y de la literatura chatarra de vaqueros y policiacas que le llegaban sobre todo de los Estados Unidos, se puso a editar cosas interesantes de cultura general y de arte, y creó una colección, dirigida por el mafioso Luis Guillermo Piazza, para que la juventud literaria del país publicase en ella: "Los nuevos valores". Pronto aparecerían allí títulos de José Agustín y González Pagés -la segunda edición de La tumba y Cosas del Talión, respectivamente (1973)-, del ya para entonces disuelto grupo de los "Cafés", que culminó con el episodio de La Perra Brava. Pero en algún momento se presentó un fenómeno por el cual los escritores de la mafia fueron perdiendo brillo al ir avanzando la segunda mitad del siglo XX. Ya mencionamos la sospecha que hay al respecto de que Paz haya sido el culpable.

La editorial más importante de la década fue Siglo XXI Editores, S. A., que se creó con el millón de pesos que aportaron los intelectuales mexicanos y la clase culta capitalina, luego de que Orfila Reynal fue corrido del FCE. Una nota interesante es que la novelista Helena Poniatowska, de la mafia, regaló a la editorial una casa de su propiedad. Fue aquella una verdadera hazaña histórica que contestó así al hecho represivo del presidente Díaz Ordaz, quien había sacado a Orfila Reynal del FCE luego de que la parte más gazmoña de la sociedad mexicana había protestado por la publicación del célebre libro Los hijos de Sánchez, de Óscar Lewis. Desde luego, algunos izquierdistas opinaron que todo se había tratado de un nuevo "golpe" de la mafia, más audaz aún que aquel de su salida del periódico Novedades, por el que volvía a asegurarse su heroicidad, además, ahora, de erigirse como la primera empresa editorial moderna privada de México, financiada por toda una ingenua población de simpatizantes. Si esta fue la verdad, Benítez y su grupo hicieron una jugada de grandes tahúres, pues a partir de entonces la editorial oficial no tenía por qué publicar a los autores de izquierda, y Siglo XXI sólo publicaría a aquéllos que considerara que eran de la izquierda que le convenía. Y si acaso llegaba a publicar a izquierdistas verdaderos, como a Marcusse, las consecuencias -Tlatelolco en su caso- no avergonzarían a un gobierno que no los había patrocinado. A partir de aquel hecho el FCE caería un tiempo en desprestigio, igual que la revista Plural y el propio periódico Excélsior. Esta situación duró hasta que la mafia volvió a adueñarse de la editorial oficial través de la nueva generación de intelectuales de derecha, patrocinados ahora por el presidente Manuel Echeverría. Plural fue tomada por la cooperativa del periódico, que la transmitió a algunos intelectuales de la vieja plana comunista. Luego de un tiempo, esta misma intelectualidad, contaminada por el confuso criterio de "calidad", convertiría la revista en un medio excluyente que sólo recobró el equilibrio cuando entró a dirigirla el poeta Labastida, del viejo grupo de La espiga amotinada. Con el tiempo, Labastida asumiría también la dirección de Siglo XXI Editores. Todavía hace falta averiguar tanto las causas como las consecuencias de ese extraño hecho.

Un asunto interesante de averiguar sería en qué momento Siglo XXI Editores comenzó a recibir subsidio del gobierno. Lo recibía ya en 1972, según consta en el Informe Anual de Operaciones del Fondo para el Fomento de las Exportaciones de Productos Manufacturados (FOMEX), publicado un año después. ¿Quiere esto decir que Luis Echeverría encontró mejores modos de tratar a la mafia que los de su antecesor? O, ¿quiere decir que no andamos tan errados en lo de la sospecha del posible "autogolpe de estado" del mafioso Orfila Reynal en el FCE? El asunto de la necesidad de la ética en el arte, en la intelectualidad completa, parece tener más importancia que la que se puede exigir a un simple poeta plagiario como Paz o a un novelista de la misma clase, como Fuentes.

Poco después se dio otro fenómeno también importante, consistente en que empezaron a aparecer en la prensa cultural una lluvia de comentarios favorables a Paz, vinieran o no a cuento. En poco tiempo, parecía que todo intelectual que deseara publicar en los medios especializados o aun publicar libros estaba obligado a pagar una cuota en tal sentido. Cualquier tema había que hacerlo pasar por Paz. Para esto, el poeta, hábilmente y por su altura intelectual, tuvo a bien unirse a los integrantes del Boom, especialmente a Cortázar, desplazar a Fuentes y ganar de nuevo en este ámbito internacional. Sin duda, el célebre Cortázar de la agresiva entrevista concedida a Life en español (1966), en la cual había tenido a bien denunciar ciertas triquiñuelas del sistema capitalista y del imperialismo norteamericano, había caído en decadencia y comenzaba a frivolizar. La culminación de este deterioro fue su amistad con Paz, que sin perder tiempo se valió del argentino para introducirse en el círculo de los escritores del Boom y fortalecerse así en su camino hacia el premio Nobel.

Para aquel entonces, Fuentes se había exiliado en Francia, igual que Cuevas, pero éste no aguantó la reminiscencia de su propia "Cortina de nopal" y regresó a mediados de la década. Finalmente, todo el grupo de Benítez, y la intelectualidad universitaria en general, habría de unirse manifiestamente a Paz, ya en el abierto handicap para obtener el premio sueco.

Además de todo este rejuego, tenemos que la literatura, al comienzo de los años sesenta, tuvo otra vertiente distinta de la de los pequeños grupos que nutren el CME para luego egresar de él. Se trata del movimiento de los talleres literarios que proliferarían a raíz del propio CME, que había sido bien a bien el primero (1954). Como ya hemos comentado, luego de diez u once años de trabajo de ese Centro, Arreola creó el primer taller literario independiente a la vez que célebre, tras de reunir a jóvenes que ya "tallereaban" por su cuenta en diversos lugares. Quizás el primer taller literario público distinto del CME, aparte del de Arreola, y aun anterior a él, haya sido el ya también aquí comentado del IPN, que se formó en 1959 y tuvo como coordinador a Carballido. Luego se formó otro en el INBA, luego otro en la UNAM, el de los "Cafés literarios" en el INJUVE, y de allí se extendieron a todas las universidades del país y al ISSSTE, que también los fomentó a lo largo del territorio nacional. Después de una década, prácticamente no habría institución educativa superior ni dependencia gubernamental que no contara con un taller literario.

Además de buscar la capacitación de los asistentes, los talleres tienen la función de peñas, y significan la popularización de la alegría de escribir, no obstante que en muchos momentos la crítica a los trabajos que se presentan sea demoledora y muchas veces esnob.

Se divulgaban ampliamente en los medios intelectuales jóvenes las palabras de Rainier María Rilke en el sentido de que poeta es quien no puede vivir sin escribir poesía, y esto animó a muchos a ser felices escribiendo, a no morir gracias a que podían escribir, sin que siguiera importando mucho el siempre vago e insuficiente asunto de la "calidad". Al masificarse el quehacer literario, era obligada una desmitificación del oficio a grado suficiente como para que el dicho asunto se viese cuestionado hasta convertirse en un valor de lo más relativo. Los brillantes miembros de la mafia y sus admiradores veían con horror esa masificación del oficio y entraban en depresiones propiciatorias de su definitiva inactividad, o cuando menos, se constreñían a una producción ya para siempre muy esporádica.

Desde luego, los talleres literarios surgidos a mitad de la década de los cincuentas, y vigentes durante la de los sesentas, comportaban una contradicción en sí mismos: habiendo alcanzado un número incalculable en el país, y por tanto habiendo congregado a un número muy alto de aspirantes al oficio de las letras, no habían producido diez años después un número significativo de escritores profesionales. Esto se debía por lo menos a los dos factores siguientes: 1) la personalidad del conductor o coordinador único, que a diferencia de la "mesa" de coordinación del CME ¾integrada por autores a veces incluso antagónicos¾ daba preferencia o admitía en su seno, las más de las veces exclusivamente, a quienes tenían su misma inclinación estilística e intereses ideológicos; 2) la general limitación del proceso de enseñanza-aprendizaje a un solo género literario, dependiendo asimismo de que el conductor o coordinador fuese narrador, poeta, ensayista o dramaturgo. En ambos sentidos las excepciones ¾las conocidas, al menos¾ fueron Arreola, que dominaba todas las posibilidades de la creación literaria y alentaba con gusto a cualquier joven que se les acercase, y Carballido, quien por su parte dominaba asimismo todos los géneros, y en todos alentaba a sus discípulos, aunque en él era evidente entonces su preferencia personal por el realismo.

Durante los años cincuenta, los talleres literarios eran eso: talleres donde el conocimiento teórico y la cultura general, materias frecuentemente afines al escritor, que a menudo tiene algo de ensayista, se veían cada vez más vetadas o limitadas por la estructura renacentista del organismo, casi exclusivamente pragmática, obsoleta ya para los tiempos que corrían. Sólo unos cuantos conductores o coordinadores, como González Pagés, decidieron asumir la posibilidad múltiple necesaria para romper este cerco. A esto hay que unir, para explicar el hecho de la poca producción de escritores profesionales a partir de los talleres literarios, la competencia enorme de las escuelas universitarias de letras, que si bien daban al alumno el conocimiento teórico universal y de alta calidad que no daban los talleres a sus talleristas, restringían y siguen restringiendo su interés a esas funciones y despreciaban la creación, al menos al grado de no incorporarla en definitiva como materia siquiera de relleno ("optativa") en sus programas de estudio. De las escuelas universitarias de letras egresarían y siguen egresando hasta hoy ensayistas, críticos y profesores de Historia de la Literatura, pero no narradores, ni poetas ni dramaturgos. Todo esto junto haría ver cada vez más la necesidad del surgimiento de las escuelas de escritores, hecho que sobreviene en los años ochentas, gracias a la SOGEM y, personalmente, a su presidente, José María Fernández Unsaín. González Pagés, también tenía esa idea y la exponía en distintos foros al comienzo de esa década, como lo fueron el Museo del Chopo y la UNAM, aquí con motivo de una apertura de la casa de estudios hacia la presentación de proyectos de carreras nuevas.

Aun así, los talleres literarios habrían de proliferar también porque suplirían más tarde a los cafés o cafeterías, puntos tradicionales de reunión pública de los intelectuales, que invadieron el ala de Humanidades de la CU y que también adquirieron vida independiente animados por sus dueños, que eran jóvenes que combinaban los intereses intelectuales con los comerciales, y que fueron clausurados o atemorizados suficientemente como para cerrar, junto con los de la CU y otros centros de estudio, cuando la represión del 68. Aunque muchos talleres se hacían en cafés públicos, bastaba la distinción del público entre parroquianos comunes y corrientes y miembros de un taller literario para que el aura intelectual se constriñera a esas mesas de los talleristas que, como ya dijimos, manejaban mucho más los aspectos creativos que los teóricos, con discusión técnica especializada que desde luego excluía la discusión de los problemas políticos y sociales.

            Y es que el gobierno de Díaz Ordaz se había visto en la necesidad de reprimir a la intelectualidad mexicana, que se había radicalizado a partir de la revolución cubana y el Boom, con los estímulos más particularizados de política estudiantil y social de Berkeley, California, en Estados Unidos, además de los de Praga y París, para evitar un golpe de estado ordenado por la burguesía nacional, y también para evitar la intervención extranjera o, cuando menos, un severo bloqueo como el de Cuba. El golpe militar en Chile, de unos cuantos años después, demostraría que la cosa iba en serio. Si el gobierno de México no se hubiera atrevido a cometer el genocidio del 68, concretamente sobre la generación intelectual y estudiantil, de seguro hubiera tenido que masacrar poco después, como ocurrió en Chile, a toda su clase media. Fueron aquéllas, en primer término, las consecuencias de la masificación de la educación y la cultura en un país cuya clase en el poder desea el monopolio del conocimiento y de cualquier clase de producción que de éste se derive y, en segundo, los prolegómenos activos, de la burguesía mexicana en el poder y de sus gobiernos, de la extinción de la clase media mexicana. Como antes señalamos, la burguesía mexicana y su gobierno no podían, y quizás no querían resolver el asunto de modo distinto. Lo sugiere, por ejemplo, el más que irracional empecinamiento de Díaz Ordaz en no llegar a acuerdos inteligentes con los huelguistas médicos primero y con los estudiantiles después. López Cámara lo diría de este modo años adelante: "Sigo pensando que lo acontecido en México en 1968 fue la culminación inevitable, aunque haya sido trágica a la postre, del agotamiento de una política de desarrollo que no fue sólo una fórmula económica, sino (que) implicó también una verdadera desfiguración de la organización social, del sistema político y de la propia vida pública" (La cultura del 68. Reich y Marcuse, 1989). Díaz Ordaz y Echeverría Álvarez fueron los encargados oficiales de introducir en el país, a través de la matanza de Tlatelolco, el germen que ulteriormente podría extinguir a toda la clase media o pequeña burguesía mexicana. Sobre este hecho histórico comenzaba ya a teorizar el propio López Cámara. En su poema "El espejo de piedra", escrito después del genocidio, Becerra diría lo mismo con versos tan estremecedores como la belleza de la triunfante Coatlicue:

 

Detrás de la iglesia de Santiago-Tlatelolco

los cuchillos de jade hallaron su visaje ceremonial en boca de las

ametralladoras...

 

Se llevaron los muertos quién sabe adónde.

Llenaron de estudiantes las cárceles de la ciudad.

Pero al jade y a las plumas y al estofado de los estípites y a los nuevos

     palacios que ya no construyó Boari, y a los desayunos en Sanborn´s,

se les rompió por fin el discurso...

 

   La izquierda se hundía, angustiada por no poder encontrar ella también la palabra que pudiese variar tan previsible y lamentable futuro. Pero dado que en Coatlicue no sólo está la potencialidad de dar la muerte, sino también la de dar la vida, con una burla infinita ¾como podría decirlo el propio poeta a quien ahora nos referiremos¾ hizo que en el mismo año del genocidio el gobierno de México le entregara al país un elemento vital, enorgullecedor, en la persona del "contemporáneo" José Gorostiza. Se trató del Premio Nacional de Letras 1968. No estará de más recordar aquí, como aliento final, que Muerte sin fin es el poema metafísico más importante escrito desde el Primero sueño, de Sor Juana Inés de la Cruz.

 

                                                                            

Texto inédito escrito para este libro.

 

 

Si quiere comunicarse con César Espinosa Vera puede hacerlo al e-mail postart@prodigy.net.mx

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