Santiago de Chile.
Revista Virtual.

Año 6
Escáner Cultural. El mundo del Arte.
Número 60
Abril 2004

 

Columna a cargo de Marcela Rosen

PREMIO INTERNACIONAL DE
POESÍA Y RELATO BREVE
TILO WENNER
-2003-

Relato Breve

1º Premio: Marcia Escala de Buenos Aires (ARG.) con " El pescador ".

2º Premio: Diego G. Martínez de Buenos Aires (ARG.) con " Boletos para la lluvia ".

3º Premio: Dora Goldemberg de Santiago (CHILE) con " Blanco y Negro ".

4º Premio: Marcelo Valenti de Rosario, S. Fe (ARG.) con " Sala Shomt ".

5º Premio: Diana Sánchez de Buenos Aires (ARG.) con " Cuerpo borrado ".

 

1º Premio

El Pescador

Lo sobresaltó el tirón de la cuerda. ¿Habría algo por fin? No sería la primera vez que el deseo lo llevara a confundir un movimiento o un simple enredo de sogas, con un pez. La red flotaba ahora sólo movida por la turbulencia del mar. Otro tirón. Con suerte no iba a llegar a su casa con las manos vacías. Tantas horas de espera en esa tarde inhóspita. El cansancio marcándose en la cara, el cuerpo entumecido. En el muelle no había nadie, excepto un perro anhelante que esperaba a cierta distancia. Los demás pescadores se habían ido hacía ya largo rato. El frío, el viento y el escaso pique los habían disuadido. El no quiso aflojar con la tozudez que a veces suele producir la desesperación.

Un nuevo tirón. No cabían dudas; había algo. La sujetó con fuerza, tanta como la del pez. Debía ser enorme, luchaba con vigor. La red pesaba mucho, se tensaba incrustándose en las manos. Por momentos parecía a punto de romperse.

Intentó ver qué pieza era; la escasa luz, el oleaje, se lo impidieron. Solo frente al mar embravecido, nadie para ayudarlo. Los últimos rayos de sol se caían en el horizonte. Las gaviotas buscaban refugio entre las rocas.

La red se sacudía, cada vez más tirante. Los nudillos se le blanquearon, en las palmas fueron apareciendo unas grietas rojizas. Se afirmó contra unas maderas del muelle. No podía dejar que se le escapara. Uno de los convulsivos movimientos descubrió parte de una gran forma de color plateado blanquecino. Era enorme, el pez más grande que jamás imaginara conseguir. No de los depredadores; habría roto la red inapropiada para ese tipo de animales, a mordiscones.

Era sorprendente la resistencia. Debía controlarlo, evitar que se escapara. Un nuevo e infructuoso intento por dominarlo lo dejó casi exhausto. Así no lograría subirlo. Rápidamente ató los extremos de la red a las maderas que le habían servido de apoyo. Agarró el arpón. El primer golpe no dio en el blanco, tampoco los tres siguientes. Fue en el quinto cuando logró su objetivo. Hubo aun algunas sacudidas aunque más débiles. Después las sogas se aquietaron. Un gran manchón rojizo se fue diluyendo en las aguas revueltas. Por fin, era suyo. Ahora el último esfuerzo. Subirlo al muelle.

Era tan pesado, tan grande . Con dificultad lo fue llevando. Por fin, ya estaba. Totalmente inmóvil sobre el piso. No desenredó las cuerdas de inmediato; necesitaba recuperarse del agotamiento. Le dolía todo el cuerpo. Del sol quedaba un reflejo violáceo que se iba perdiendo en el cielo.

Al cabo de un rato abrió la red. Lo primero que vio fueron los ojos enormes, abiertos, mirándolo sin vida. En ese momento tuvo la certeza de que jamás los olvidaría, hasta el momento de su muerte. Y quizá más allá de ella también. Estarían presentes como un mal sueño, esos que parecen adherirse a la piel, a los sentidos. Contempló largamente el arpón incrustado entre los pechos pequeños.

Entonces con un póstumo esfuerzo, los movimientos lentos, acercó la red al borde del muelle, la volcó al mar. La vio hundirse. Los cabellos fueron lo último; permanecieron flotando un rato para luego desaparecer perezosamente en las aguas. Quedó un tiempo interminable quieto, la mirada perdida aun cuando ya no podía verse nada.

Marcia Escala

2º Premio

Boletos para la lluvia

 

En las calles se escucha el crujir silencioso de los adoquines recalentados y el suave respirar de tu cuerpo vivo.

Cuando la gente llegue ya nos habremos ido, recorriendo los tramos que no conocemos.

En aquella esquina vocifera un hombre solo, ofreciendo los boletos para ver la lluvia en esa misma tarde.

"Por 30 centavos admire la belleza de la lluvia. Sólo 30 centavos. Tenga su boleto. En 15 minutos comienza el espectáculo."

Y hace tanto que no la sentimos, no sabemos nada de la lluvia, que hurgamos en los bolsillos en busca de la salvación.

¡Qué gran desolación! Ese hombre, parado en la esquina desierta, como si todos hubieran emigrado hace instantes; con el cielo gris preparado para caer y las hojas de los árboles cargando con la pesada humedad.

"Deme dos."

Extiendo mi mano y deposito en su boina lo justo. La perspectiva de una calle descubre el río al fondo, confinado al último lugar, alterado violentamente por un viento que no existe, que no mueve ni un pelo.

El hombre nos da los boletos numerados, que coinciden con las únicas dos banquetas plegables que coloca en el medio de las cuatro esquinas. Los números están impresos borrosamente en los asientos de chapa.

"En menos de 5 minutos", nos dice.

La falta de ruidos se hace insostenible, deseamos ferozmente el comienzo.

Ya sentados en el medio de la intersección, te convido a mirar hacia arriba; en el cielo encapotado se distinguen manchas más oscuras. Tomás mi mano y sonreís. Acabás de sentir la primera de las gotas, que se desglosan con impaciencia, como perlas que escapan de un collar cortado.

El calor insoportable se retira vencido por la lluvia presurosa. Aparecen, de a uno, los sonidos que produce. Puedo identificarlos, de a uno: cayendo sobre las hojas del eucaliptus; golpeando el cordón a mi derecha; tintineando en la canaleta de esa casa; llenando el cuenco de tu mano.

Música, dulce música que se complace en respetar nuestro momento.

El hombre de los boletos no nos defraudó. Apenas comenzó la función, se retiró dejándonos en paz.

Diego G. Martínez

3º Premio

Blanco y Negro

Ella sentaba frente a la ventana y remendaba su vestido:

Su vestido blanco.

Tenía muchos pedazos de tela, hilvanados y cosidos año tras año:

Una blonda en el escote, una alforza en la cintura, las mangas ribeteadas con cintas.

Según dictara la moda:

El ruedo subía o bajaba.

Los vestidos negros eran otra historia:

Los compraba en las ferias:

Organzas, tules, sedas, crepes, tafetanes y terciopelos --negros como el ébano--:

Cada entierro: un vestido negro a la moda:

Siete maridos: siete vestidos.

Ese Jueves venía don Silas Gómez a visitarla --después del té jazmín con magdalenas: un vasito de oporto--. Una breve charla; una invitación al concierto del Domingo, después de misa.

-- "Nos vemos entonces" --dice ella, mientras cierra la puerta con sigilo.

Luego va a su cuarto y elige cuidadosamente su atuendo.

Mientras --en su maleta-- descansan, apaciblemente: su vestido blanco y UN vestido negro...esperando.

Dora Goldemberg

4º Premio

Sala Shomt

Voy hacia la Morada Exterior, donde habita Dama Shomt.

A través de un hueco en un muro, veo pequeños asesinos vestidos de negro. Cortan tiras de piel blanca de un abdomen abultado. El muerto tiene el rostro cubierto. Los observo con dos dedos sobre los labios. Uno de ellos me descubre.

-Buscamos al cebado con diamantes. ¿Acaso usted....?-pregunta sin fin el pequeño, la garganta ahogada con capullos de seda.

Niego con un vaivén de cabeza. Los labios, azules, me duelen.

Mi interlocutor se encoge de hombros, se une a sus compañeros, continúa la faena.

No me atrevo a correr. Llego tardísimo a la Morada Exterior.

Por los pasillos, mar gelatinoso de rumores. Una multitud se desplaza por ellos, intercambiando mensajes. Yo recibo un cartoncito hereje, blanco y negro, ojos paranoicos que se abren y se cierran según la incidencia de la luz.

Dama Shomt grita al verme llegar. Lleva tantas vueltas de perlas que su vestido no se ve y su perfume se apaga. Me da dos besos sonoros. Ya están allí: Dama Leu, la actriz; E-Shi, traficante de lógica onírica; el señor Tkas.

-Ahora que estamos todos, pasemos a la sala.

La seguimos como esquirlas esenciales, posando puntas de pie en islas irisadas que flotan en mar de mercurio.

La sala es un octaedro de luz celeste.

Dama Shomt se detiene ante la puerta.

-Queridos amigos: el secreto de la invitación se develará pronto. Sembré colores y estos tomaron las paredes. Esta noche vendrá una multitud a devorarlo todo. Pero antes, quería compartir esta desmesura con ustedes. Adelante.

En el centro de la sala un reloj de arena.

Espirales, aullidos, silencios, abismos, palabras, rencores: cada color talla las paredes según su textura.

Dama Leu, la actriz, que a su vez es espejo de otras actrices, punta del iceberg de una red de semejanzas que labra el infinito, pregunta.-¿Se puede tocar?

Dama Shomt asiente.

E-Shi evalúa, con gestos de conocedor, colores útiles para el ensueño.

El señor Tkas permanece encendido de ironía. Quiere atraer la atención de Dama Shomt con su habitual rosario de malos agüeros.

-¿La multitud, Dama Shomt? Pero...pero no, eso no puede, no debe ser. Es un horror.

-¿No va a aprovechar amigo Tkas?

-¿Aprovechar?

-Aprovechar, si. El tiempo pasa.

-Y pensar que casi no vengo- me confiesa Dama Leu- Me hubiera perdido todo esto. Lástima que nuestra amiga lo haya invitado a Tkas. Es una relación incomprensible.

Cuando el último grano de arena encontró su ubicación en la cavidad inferior, sonó un gong.

Dama Shomt dijo: Señores....amigos....he aquí la multitud.

Las puertas se abrieron de par en par. Sedas verdes, plumas negras, vahos dulzones, cabellos tejidos, bocas masticadoras, palabras palabras palabras. Nos envuelve un tornado de gestos y miradas.

Dama Leu se apoya en mi brazo :-Estoy mareada.

Epicentro de la vorágine, Dama Shomt gira sobre su propio eje, tintineando.

La turbulencia dura minutos. Luego, todos se prenden a las paredes. Lamen, muerden con fruición. Se funden, inmóviles, convertidos en formas de estuco. Todo se vuelve color celeste.

Dama Shomt dice:- Los que comulgan piedra, participan de la eternidad.

Nos invita a salir.

Dama Leu murmura en mi oído:- Una suerte la abstinencia cuando forma parte de la intuición.

A nuestras espaldas, el señor Tkas dictamina:-¿No les pareció un espectacular esfuerzo de ornamentación?

Marcelo Valenti

 

5º Premio

Cuerpo borrado

El alba se fue desprendiendo pesadamente de la noche. Luz de rosas, parecía el campo.

Un olor a azucenas recién cortadas, atravesaba el aire.

El camastro de Austrasia Galesvinta Rashminienko yacía en el medio del gallinero. La Austrasia tenía los ojos cerrados y la boca abierta, llena de trapos. De trapos de colores fuertes, chillones. Parecían pañuelos. Alguien, se los había traído de Rusia, seguramente.

La colcha tejida por la Austrasia, de joven, la tapaba hasta el pecho. Una mano había quedado afuera y colgaba muy cerca del suelo.

Mirka, la perra, vieja y sucia como ella, lamía desconsolada la mano de su dueña.

No estaba el marido, ni los hijos. Los hermanos, cuñados. Sobrinos. No estaban los nietos de la Austrasia. Ni las comadres, estaban.

La puerta del rancho había quedado abierta. Caídos sobre el mantel de hule pegajoso, el mate y la bombilla. También una carta con manchas de yerba, rota por la mitad. La silla de la vieja, patas arriba, y las matrioshkas, orgullo de la Austrasia, desparramadas en el piso.

En la olla quemada, los varenekes, yacían tan fríos como la vieja.

El sol de Enero subió como una bola de sangre y se derramó a sus anchas sobre la frente de la Austrasia. Sobre los párpados, la nariz. Sobre el cuello hinchado y nudoso.

Nadie se acercó al camastro, ni al gallinero.

Cuando la tarde empezó a quebrarse, las gallinas se treparon al cuerpo inerte de la vieja. Con movimientos cortos, rápidos, picoteaban los trapos que le sobresalían de la boca. De a poco los arrancaron y se los fueron disputando. Los trapos, agónicos, se deshilachaban en el aire del verano. Prevalecía el rojo.

El horizonte se fue adormeciendo en una línea de fuego. Las gallinas, como en un pacto secreto, bajaron del camastro y empezaron a subir a los árboles.

Mirka, no se movió del gallinero, sólo refugió el hocico entre las patas. Y cerró los ojos.

La policía llegó tres días después.

Dieron vuelta el rancho y por fin, el oficial, limpiándose la boca con la manga, arrojó a la zanja la botella de vodka vacía, tesoro de la Austrasia. Después, con un grito, le ordenó a su ayudante que acogotara alguna gallina, no muy vieja, para el puchero. Y con paso cansado, se acercó al camastro.

Pero la Austrasia no estaba muerta. Ni viva.

Acostada en su lugar, habia una matrioska enorme, rozagante.

La piel de la frente era puro nácar. Los ojos, azules intensos. El pelo rubio con hebras blancas, estirado debajo del pañuelo. Los labios parecían una dalia a punto de estallar.

Apenas el hombre se inclinó para tocarla, la matrioshka gritó. De su boca salieron pañuelos de colores que volaron contra el viento. Prevalecía el rojo.

El oficial terminó sus días en el loquero, al final del pueblo. Se le aceleró la muerte, dicen, de tanta ginebra que se hacía llevar, transparente, como el vodka.

Desde entonces, cuando los viejos olores quemados por el viento anuncian el fin de la tarde, desde el corazón del gallinero crece un grito hasta alcanzar la luna.

Diana Sánchez

 

 

 

 

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Ni se les ocurra enviar libros, pueden hacerme llegar dos o tres poemas o cuentos no más por favor.    Gracias.
Marcela Rosen
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