Santiago de Chile. Revista Virtual. 
Año 4
Escáner Cultural. El mundo del Arte.
Número 41
Julio de 2002

 
La "PERRI / FERIA"
de un artista clase b

Aprobar o desaprobar moralmente
lo que dice una obra de arte
es algo tan extravagante
como excitarse sexualmente con ella.
Susan Sontag

Desde Chile, Gonzalo León.

Recuerdo una exposición del artista austriaco Herman Nitsch. No es que haya estado en Praga para la ocasión, pero la noticia en internet decía más o menos así: "Greenpeace impidió la inauguración del artista austriaco Herman Nitsch, esta tarde..." La galería no se pudo abrir, y la gente que quedó fuera se manifestaba contraria a la exposición de Nitsch por considerarla "inmoral"; pues la labor del artista -de sobra conocida en Europa- consiste en la caza de animales, el registro de imágenes en video, la extracción de la sangre como materia prima, la creación de cuadros a base de sangre diluida en acrílicos, y finalmente, la exhibición de los videos.

No me imagino a Greenpeace (en Chile, muchos actores de televisión están en sus huestes) manifestándose contra una exposición de Antonio Becerro. Pese a que trabaja con materia muerta, creo que no poseemos -como país- un nivel de desarrollo tal que permita la libre y cotidiana manifestación contra obras de arte (aunque Juan Dávila1 tendría algo que decir). Lo claro es que, si Becerro trabajara con otras materias como el consabido dónde empieza y termina la vida del ser humano, el fundamentalismo católico no tardaría en cerrar todas las puertas a las que un artista tiene derecho.

      Becerro entonces pasa a ser un artista que trabaja en la periferia ("PERRI / FERIA", diría él) de la existencia humana. Becerro -a través de un arquetipo tan conocido como "el perro, mejor amigo del hombre"- nos termina hablando del hombre; de la brutalidad que vivieron aquellos judíos en Aushwitz cuando su pelo era usado para rellenar colchones o, si se quiere, de la contracultural resistencia punky de su obra. Porque si la cultura punky trató de reflejar el estado de la sociedad actual a través del aspecto de cada uno de nuestros jóvenes, así también Becerro refleja en sus perros el estado de nuestra sociedad. Perros muertos transformados en amenaza viva o en permanente agonía, son las utopías que todos perdimos en alguna calle. Perros vagos todos. Según estadísticas, un millón y medio de ellos atemorizan Chile. Pero sólo una porción se trasviste en obra de arte -a merced de Becerro- para agregar un punto que cierto arte siempre ha carecido: crueldad. Si de algo carece el arte visual en la actualidad, es de crueldad. Extraño, si vemos cómo se asesina el planeta día a día. Muy extraño si vemos la conducta cazadora del ser humano. Claro; Dios le entregó al hombre el control de este paraíso clase b, pero no la condición de dios clase b en este peculiar paraíso.

Pero si a alguien aún no le queda claro que Antonio Becerro actúa sobre este paraíso clase b que no es otra cosa más que nuestra civilización y dentro de ella la urbe, y más específicamente la cultura callejera (hiphoperos, skaters invaden ciudades por todo el mundo), no hay más que observar los graffitis de los muros de Santiago: todos alusivos al becerro de oro (objeto de culto, con que aquellos primeros judíos -liderados por un tal Moisés- casi provocan la cancelación de su pasaje a la Tierra Prometida), o a una nueva política de liberación: la del perrorismo, curiosa evolución del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y que defiende una peculiar dignidad: la de los perros, más específicamente la de los perros muertos, definido por nuestro lenguaje coloquial como la huída de un lugar -quizá de este mismo paraíso clase b- sin haber pagado el consumo.

Reconozco mi temor por los perros, pero también el valor de la recreación que Antonio Becerro hace de mis miedos. Las obras, sus perros, subliman mis temores (no sólo a los perros, sino también a la muerte o al sufrimiento físico) y se transforman en interrogantes. Creo que aquí surge una de las gracias del arte de Becerro y es su apelación al territorio de las interrogantes, de las inquietudes.

Desde esta perspectiva, uno observa entonces que la obra de Becerro es un cuestionamiento existencial en sí, tal vez a modo heidergeriano, pero en donde el riesgo (asumido sin miedos, sin moral ni menos decencia) se pasea en libre albedrío. Y eso se valora, en especial en una sociedad donde todo artista tiene contratada una agencia aseguradora, y aún así ninguno osa cruzar el río. Becerro como buen viejo perro o vago, casual o intencionalmente cruzó este río, y éste es -a lo mejor- el inicio de una casta de fieles perros vagos.


1 Tal vez, el más destacado pintor chileno vigente en el extranjero. Su última exposición en Chile fue Rota, en la Galería Gabriela Mistral.

 

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